Fernando Jáuregui – Siete días trepidantes – Retirarse a tiempo, dicen.


MADRID, 02 (OTR/PRESS)

La proliferación de noticias incide negativamente en la profundidad del análisis de lo mucho que está ocurriendo. Quien busque símbolos de la nueva era no tiene sino que acudir a las imágenes de la inusual retirada de un Papa. O la noticia -no quiero, desde luego, establecer otros paralelismos que el mero simbolismo temporal_ de la muerte del «nonagenario que movilizó a la juventud» -así tituló algún periódico francés la noticia_ Stephane Hessel, el padre del movimiento, que ya no sé en dónde para, de «los indignados».

«Retirarse a tiempo», dicen algunas cartas al director, destacadas en algún importante diario español, aunque sin citar más nombres que el de Benedicto XVI. Pero cualquiera que quiera comprender, comprenderá: hay que hacer planteamientos de futuro, y recuerdo que, en tiempos de Franco, un rotativo luego dinamitado, el «Madrid», recibió una severa sanción por haber publicado un artículo de Rafael Calvo Serer precisamente con este título, «retirarse a tiempo», en el que solamente se aludía al ejemplo histórico de De Gaulle. Pero, sin duda, quien debía entender el mensaje, allá en las cuevas censoras de El Pardo, lo entendió, y vinieron la sanción y más tarde la dinamita.

Los tiempos que corren, afortunadamente, no son los mismos, y hoy, cuando el Rey se somete a una nueva y delicada operación quirúrgica, muchos medios especulan con mayor o menor acierto sobre una hipotética abdicación, quizá no tan a corto plazo, de Don Juan Carlos de Borbón, sobre quien pesan estos días de pasión no pocas aflicciones. Me cuento entre quienes piensan, más gracias a deducciones que a datos concretos, que el Monarca acabará abdicando, o propiciando algún tipo de retirada paulatina. Ha llegado un tiempo en el que habrá que regir los destinos de las naciones, de esta nación en concreto, de forma diferente, un tiempo en los que conseguidores como el ex socio de Urdangarín, Diego Torres, la serenísima alteza que se proclama «amiga entrañable» del Rey o el liante ex tesorero del PP, Luis Bárcenas, no puedan ser capaces, con sus solos manejos y chantajes, de hacer temblar a un Estado fuerte de un país grande como España.

Pero, claro, estos terremotos no se producen en el vacío. Las cosas no están, definitivamente, bien. Pero las crisis abren, como decía Einstein, épocas de oportunidades. Los españoles hemos tenido que adaptarnos a ser un cuarenta por ciento más pobres que hace apenas tres años, pero aprendemos, por la vía emprendedora, a sortear las dificultades mayores.

Nos enfrentamos a una corrupción rampante en el pasado inmediato, pero creo que estamos, mal que bien, sabiendo hacerle frente para que no se repitan en el presente cosas tan horribles como las andanzas de Bárcenas, los espionajes de Método 3 o los abusos de Urdangarin, o de Blanco, o de… Ahora, hace falta esa gran operación política que nos permita volver a encontrarnos con nosotros mismos, recuperar confianzas perdidas y modernizar estructuras, comenzando por la Constitución.

Me dicen que hay conversaciones subterráneas para dar un acelerón a tantas cosas decrépitas, a tanta ley desfasada, a antas inercias inmovilistas. Ojalá sirvan de algo, porque lo que es ahora me da la impresión de que las gentes que sí pagan sus impuestos -que son la mayoría, señor Montoro_ y sí cumplen con sus deberes cívicos, empiezan a pensar que la regeneración consiste en una especie de abdicación general de quienes están al timón de esta nave, y creo que esto que digo no se refiere precisamente a la figura de Don Juan Carlos de Borbón, el pese a todo buen Rey cuya recuperación inmediata yo deseo fervientemente.

Por lo demás, imitaré al inolvidable Calvo Serer, o a quienes escriben estos días en algunos periódicos cartas algo crípticas al director: hablaré de «retirarse a tiempo» sin citar algunos nombres que nos puedan venir a la cabeza. Entre otras cosas, porque creo que sería mucho más importante una evolución rápida de las ideas enrocadas en las cabezas de algunos mandatarios que un relevo de caras, sin más. Especialmente cuando no hay garantías sobre quiénes serían los sustitutos, que ya se sabe que todo es susceptible de empeoramiento.

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