Antonio Casado – Laberinto catalán.


MADRID, 4 (OTR/PRESS)

Decía el otro día Pere Navarro, secretario general del PSC, que su partido nunca será el «tonto útil» del nacionalismo catalán. La propuesta es un sofisma puesto que de hecho ya lo es, aunque se discuta sobre la utilidad de su posición, que consiste en hacerle el juego a una operación segregacionista apadrinada por el nacionalismo catalán. He ahí el resultado práctico de defender el llamado «derecho a decidir». Tal y como ha sido planteado por CiU y ERC, es un paso más hacia la conversión de Cataluña en unidad de destino en lo universal o, al menos, en lo europeo. Lo sabe perfectamente Pere Navarro. Por tanto, carece de sentido pronunciarse contra la independencia de Cataluña pero a favor del derecho a expresarlo en un referéndum. El absurdo es político, pues si se está en contra de algo se está en contra de crear las condiciones que lo favorezcan. Pero, sobre todo, es atentatorio contra la legalidad vigente.

La posición de Navarro, además, tiene una derivada política de mayor cuantía. Me refiero al cisma inevitable en el sentir de los socialistas españoles agrupados en torno a las siglas P.S.O.E., incluidos los catalanes, por mucho que se acojan a la doble inscripción en el Registro de Partidos Políticos. La diferenciación, lógica en la diversidad autonómica del Estado, tiene sus límites. Y uno de ellos es el respeto al espíritu y la letra de la Constitución Española, mientras esta no sea modificada.

De todos modos la parte del asunto que afecta a la vida interna de la familia socialista palidece si la comparamos con la cuestión de fondo, que es la del ataque al dogma civil de la soberanía nacional única e indivisible. Un dogma que, según hemos visto, también es discutido y discutible para una supuesta aspirante a la presidencia del Gobierno de la Nación como es Carmen Chacón, diputada número uno de Barcelona por el PSC. Al no tomar partido cuando se sometió a votación en el Congreso la propuesta de los nacionalistas catalanes sobre el derecho a decidir, ha cometido un grave error. Había acertado al declarar ante sus compañeros del grupo parlamentario socialista: «No puedo apoyar esta resolución porque supone un proyecto de ruptura de Cataluña con España». Pero veinticuatro horas después su aparente firmeza se vino abajo a la hora de votar. No pulsó el botón del «no», ni el del «sí», ni el de la «abstención». Simplemente, no votó, como si el asunto no fuera con ella. Y eso, a mi juicio, es un paso atrás en sus aspiraciones a liderar el PSOE.

Más problemas para Rubalcaba, que ya se tragó el sapo de aquella extemporánea apuesta de Pere Navarro por la abdicación del Rey, cuando el líder del PSOE se estaba midiendo políticamente en el Congreso con el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. Ahora trata de restañar la brecha sobre la pragmática base de que es mucho más lo que une al PSOE y al PSC que lo que lo separa. Les separa algo fundamental: el respeto al orden jurídico-político vigente, que prohíbe el derecho a decidir sobre si una parte de los españoles pueden convertirse en un poder constituyente.

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