Rafael Torres – Al margen – El origen de la ruina.


MADRID, 4 (OTR/PRESS)

Pocas cosas hay tan vulnerables como una caja fuerte: basta conocer la combinación numérica que la abre. Para el saqueo de las arcas públicas que está en el origen de la actual quiebra económica y financiera, pero también política, de la nación, se empleó ese sencillo procedimiento, pero por si había cámaras en la imaginaria estancia blindada, o para evitar el improbable albur de ser pillado con las manos en la masa, se inventó, de una parte, la financiación subrepticia de los partidos con mando en plaza, y, de otra, el control político de las Cajas de Ahorros.

Mediante la contabilidad B se creó el ingenioso sistema de robar, de meter la mano en la caja, por mano interpuesta a través de la contratación de obra pública o de cualesquiera otra clase de servicios para el Estado: la empresa que quería la adjudicación de, por ejemplo, un tramo de autovía por valor de 100 millones, untaba al partido gobernante en la zona de actuación con 20, quedando la broma en 120. Lo que, en puridad, costaba 50, y que se incrementaba en otros 50 por beneficio empresarial, acababa pagándose a 120 sin contar otros sobrecostes, de suerte que el saqueo de la caja de caudales era un visto y no visto. También se empleó la modalidad, gracias al estrecho compadreo entre empresarios y políticos corruptos, de adelantar esos 20 millones, sobre todo en vísperas electorales, en la seguridad de que algo caería, una recalificación, un auditorio, un aeropuerto o cualquier importante pedido.

Lo de las Cajas de Ahorro, según van comprobando los jueces a medida que avanzan sus pesquisas sobre las que quebraron inevitablemente, el latrocinio se hacía, como si dijéramos, a dos manos: con una, intervenían en el desfalco general a través de algunos de sus directivos, que lo eran no por su pericia profesional sino por su adscripción política, y, de otra, se atendía al menudeo de los ahorros que los incautos clientes depositaban en ellas, transformándolos en capital propio, en activo, mediante el timo de las inversiones tóxicas. Las brutales remuneraciones, indemnizaciones y jubilaciones de los directivos, así como los «complementos» para los machacas que hacían directamente el trabajo sucio, se extraían de ahí, del trabajo, el sudor y las fatigas de tantas vidas.

Tal es, y no otro, el origen de la ruina, y ahora la gente, reducida prácticamente a la mendicidad, exige devolución y castigos.

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