El «Collar de Corinna» y el reloj regalo del Rey con enigmática dedicatoria.

Por si no teníamos bastantes problemas con la descomposición de los grandes partidos por haber practicado la corrupción como deporte de alto standing, con derivadas como los casos Bárcenas y Pujol, las escuchas ilegales de Método 3 –a las que muy pocos escapan—, encargadas, supuestamente por políticos, con fines de chantaje y extorsión, y el peligro de la unión territorial, aparece en escena la rubia Corinna Zu Sayn Witggenstein, de rizos de oro, con vocación de princesa, que, por lo visto, nos representaba mundo adelante, nadie sabe muy bien en qué, y a la que –sin saberlo—le estuvimos pagando una vida de lujo. Y aparece nada menos que como “amiga entrañable” del Rey y conocedora de muchos de sus secretos.

En estos momentos de crisis económica, institucional y moral, el Rey, como figura arquetípica, como modelo ejemplar, debería estar ahí para proteger a su pueblo y hacerle sentir que hay esperanza. La Monarquía ha vivido en una burbuja durante casi cuatro décadas; casi al estilo medieval. Para la prensa era tema tabú. Hace solo unos años se detuvo y desnudó a un periodista por tomar unas fotos de los Príncipes de Asturias en un centro comercial. No se podía hablar y punto. La información se restringía a los posados, las vacaciones en Marivent, los viajes o lo monas que son las infantitas. Los periodistas cortesanos sabían de las andanzas de Su Majestad, pero a cambio de unas migajas informativas y de viajar en el avión comiendo las sobras, llevaban su mordaza con dignidad y desmentían a quien osase dar una información que no fuese la oficial. No sé qué habrá sido del guarda que informó sobre la cacería del pobre oso Mitrofán, al que tuvieron que emborrachar para que el Monarca cobrase su pieza. Sé que fue abroncado pero ignoro sus cuitas posteriores. Y si lo del oso no tuvo repercusión, lo del elefante en Bostwana, está aún presente, y para durar. La veda está abierta, y los españoles –monárquicos por imposición—parece que no están dispuestos a soportar las debilidades de alguien que está por encima de la ley, máxime en un momento en que la sociedad llena las calles de pancartas reivindicativas pidiendo menos corrupción y más justicia.

Los defensores de la Monarquía, políticos y periodistas incluidos, defienden a capa y espada la figura del Rey y recuerdan lo importante que fue para España en la transición o en momentos cruciales como el 23F, o a la hora de abrir mercados o promocionar la Marca España y están dispuestos a defender lo indefendible. Incluso se sigue publicitando que el Rey no tiene patrimonio como otros monarcas, porque llegó con una mano delante y otra detrás. Sin embargo, hace tiempo que se habla de los negocios de don Juan Carlos, e incluso Forbes le atribuye unos 1700 millones de euros. Pero por si fuera poco tener un yerno que, como creyó que la Monarquía era intocable y así iba a ser por los siglos de los siglos, se lanzó a la delincuencia de guante blanco, por ser quien era y representar lo que representaba, ahora venimos a saber que doña Sofía pasa más tiempo entre Grecia y Londres que en España, porque está más que harta de las andanzas de su marido el Rey. Y parece ser que Corinna Larsen –su auténtico apellido paterno— colmó el vaso. Cuando se destapó el asunto por lo de la caza de elefantes, dije que eso pertenecía a su vida privada, pero alguien me corrigió y me remarcó que los asuntos del Rey en esa materia también eran cuestiones de Estado. Me sugirió que ella podía ser una espía. Pues bien, la deducción fue profética. Espía o lo que sea, parece que el CNI la tenía controlada y registradas todas sus entradas y salidas. Por lo que se dice, la dama rubia estuvo alojada en algún anexo a La Zarzuela o en El Pardo; tenía varios escoltas y exigía siempre coches de lujo. El representante del Sindicato Unificado de Policía parece que está hablando más de la cuenta y asegura que todas las fuerzas del orden conocían a la señora bajo el “epígrafe” de Ingrid.

Hasta ahora, se había comportado con discreción, como una espía de verdad –un amigo mío dice que es una Matahari de libro—, y los medios tenían blindado el asunto. La entrevista del diario El Mundo a la dama hechicera fue un puntazo, rematado una semana después en la revista Hola y en Paris Match. La oportunidad de salir ahora a la palestra, con declaraciones como “hice negocios para España”, el Rey es un “tesoro”, tenemos una “amistad entrañable”, o “la colaboración que he prestado al Gobierno español es delicada y confidencial”, según los expertos, es una venganza porque el Rey, arrepentido, la puso en la frontera a través de Alberto Alcocer, íntimo del Monarca, o mejor dicho, en Mónaco, donde lleva una vida de lujo asiático, propiciada por comisiones en negocios “raros”, entre ellos la venta de armas –una de sus socias es la actual mujer de Khashoggi, magnate de este negocio—. Con su exhibición parece decir: “Aquí estoy, conozco muchos secretos, y puedo tirar de la manta”. También llama la atención el lucimiento de sus joyas: por ejemplo, el reloj Audemars Pigget que luce en su muñeca es un regalo del Rey, encargado a Ginebra para que lo enviasen a la joyería Aldao, donde Su Majestad compra este tipo de objetos. En el revés de la esfera lleva grabado “Always yours” (Siempre tuyo). Verde y con asas. La pulsera de la portada de Hola, que vale una millonada, se interpreta como un acto amenazante, aunque se ignora su procedencia. Sobre su proyección mediática existen dos versiones: 1) que es un ataque porque se le acabó el negocio con España, y 2) que es una defensa. Hay que tener en cuenta que su reacción tiene lugar cuando aparece la remesa de correos electrónicos de Diego Torres que la vinculan con Nóos.

Dentro de este lenguaje simbólico de las joyas, lo que más me llama la atención, por lo que tiene de novelesco, es el famoso collar de 13 esmeraldas brasileñas ovaladas, orladas en diamantes, que perteneció a la condesa de Romanones, de soltera Aline Griffith, la famosa espía roja. El detalle es, cuando menos, curioso. La casa de subastas Sotherby´s no confirmó la identidad de la persona que había pujado por el collar, pero según la rumorología, la joya podría estar en poder de Corinna e incluso ser un regalo del Rey.

Los reyes siempre han regalado grandes joyas a sus amantes. Esto me hace pegar un salto a la Francia anterior a la revolución francesa. Allí hubo un famoso collar, cuya trama inspiró la novela de Alejandro Dumas, El collar de la Reina, amén de algunas películas y series. Pero la historia fue real y la joya también. Se trataba de un collar de diamantes que el rey Luis XV había encargado para su amante Madame du Barry a los joyeros de la Corte, Charles Boehmer y Marc Bassenge. Pero el Rey falleció antes de llevarse la joya y los orfebres no pudieron darle salida debido a su alto precio, llegando incluso a ofrecérsela a Carlos III por dos millones de libras. También María Antonieta le había echado el ojo, pero no estaban las arcas del Estado tan boyantes para ese dispendio.

Aparece entonces en juego una mujer, ambiciosa y amoral, descendiente de la rama pobre de los Valois, que se casa con un oficial del ejército, pero sin dinero, y se presenta en la sociedad parisina como condesa Jeanne Valois de la Motte y empieza a frecuentar los círculos del cardenal de Rohan, hombre rico y poderoso, perteneciente a una de las familias católicas más adineradas de Francia, que ostentaba a la sazón la diócesis de Estrasburgo; pero no contaba con la amistad de la Reina. Sabedora de ello –y de su interés en el cargo de primer ministro—, la intrigante condesa de Valois le hace saber que tiene buena relación con María Antonieta y que puede interceder para suavizar su relación. A partir de aquí la dinámica de mentiras e intrigas lleva a los de la Motte a acumular una gran fortuna y a urdir una de las tramas más enrevesadas e increíbles de la historia.

Para hacerse con el collar, los falsos condes, engañaron al cardenal de Rohan haciéndole creer que la Reina deseaba esa joya, y que si le ayudaba con un aval, ya que no disponía de efectivo, María Antonieta podría olvidar sus viejas disensiones. Para la escenificación de la estafa se valieron de un experto calígrafo, de nombre Rétaux de Villete, secretario del conde y amante de la condesa, que escribía fingidas misivas de la Reina a de Rohan.

Al final, valiéndose de una triquiñuela, la condesa consigue que el joyero entregue el collar a un fingido emisario de la Reina, que no es otro que su cómplice, Rétaux. Una vez en sus manos, los de la Motte deciden desmontar el collar y vender los diamantes poco a poco, a precio muy bajo, creando una especie de dumping, cosa que hizo enardecer al sector. Son los propios joyeros quienes descubren el embrollo e informan a Reina de la estafa del collar. Cuando esto ocurre, la culpa recae sobre de Rohan, que es quien había firmado las condiciones del contrato. La Reina le pide a su esposo Luis XVI que le detenga por haber manchado su nombre. Dicho y hecho. El cardenal fue a parar con sus huesos a la cárcel de La Bastilla. El escándalo fue mayúsculo. La vieja nobleza francesa, enemiga de María Antonieta y defensora del cardenal, interpreta que es una estrategia para desprestigiarle y con él a sus defensores nobles. La noticia vuela como la pólvora; el caso se instruye públicamente mientras una ola de odio hacia la Reina se extiende entre todas las clases sociales. Finalmente, el Parlamento absuelve a de Rohan, pero el rey lo envía al destierro durante tres años; la condesa es condenada a cadena perpetua, aunque alguien le abre la puerta de la prisión y huye a Londres. Rétaux también es desterrado. Un año después, en 1789, las masas asaltaban el palacio de La Bastilla y daba comienzo la revolución francesa.

Que la Monarquía no está siendo ejemplo de nada y merece una reprobación, es cierto. Pero, ¿quién mueve los hilos y desde dónde, para desestabilizar la institución? ¿Y por qué ahora? A lo largo de la historia, la masonería, esta sociedad discreta, que no secreta, como les gusta precisar a sus adeptos, ha estado presente en todos los derrocamientos de monarquías, en todas las revoluciones, en todas las situaciones y cambios de sistema. La masonería es maestra en la creación del caos político y social. Curiosamente, la revolución francesa, la rusa o las americanas fueron gestadas desde las filas masónicas. En la historia que acabamos de exponer sobre Jeanne de Valois, también estuvo involucrado otro personaje, masón, embaucador y aficionado a los sacrificios de sangre, de nombre José Balsamo, que se hacía llamar conde de Cagliostro. Él también intervino en la trama del collar de la reina y fue instigador, junto a otros del mandil, de la toma de La Bastilla, de la manera más salvaje posible. Cuando se ponen, no se andan con chiquitas. Lo de los collares –el de la Reina y el de Corinna— es solo un juego de coincidencias en el engranaje de la magia cósmica. Pero, después de todo lo dicho, y a la luz de la situación, creo que lo más sano es terminar el artículo con un ¡Viva el Rey!, no por él mismo, sino por nosotros. Porque la cosa siga igual, aunque diste mucho de la perfección. Más adelante, ya veremos.

Por Magdalena del Amo
Periodista y escritora, pertenece al Foro de Comunicadores Católicos.
Directora y presentadora de La Bitácora, de Popular TV
Directora de Ourense siglo XXI
✉ periodista@magdalenadelamo.com
Suscripción gratuita
.

Autor

Magdalena del Amo

Periodista, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído