Fernando Jáuregui – No te va a gustar – Consultar o no consultar, he ahí la cuestión.


MADRID, 6 (OTR/PRESS)

Puede que el Fiscal General del Estado, Eduardo Torres Dulce, que a mi entender es un buen fiscal general, se haya visto obligado a tomar medidas contra el fiscal jefe de Cataluña, Martín Rodríguez Sol, por haber este opinado que los pueblos (los catalanes, en este caso) tienen derecho a expresar su opinión. La verdad es que yo, que soy tan poco secesionista como el señor Rodríguez Sol, aunque no soy fiscal, opino lo mismo: en España se fomenta poco el derecho a expresarse, y los cauces que lo limitan se están quedando ya estrechos.

Hay quien piensa que el fiscal catalán se extralimitó en sus declaraciones en función de su cargo -puede que sí- y no falta, en el otro extremo, quien opine que en él se ha producido una censura de la libertad de expresión y manifestación que ampara a todos los españoles -que seguramente, también ha habido mucho de esto-. En todo caso, lo que se ha producido es un nuevo conflicto institucional con el trágala que nos ha impuesto a todos el molt honorable Artur Mas como telón de fondo: los intentos de separar a Cataluña del resto de España. Y no está ahora el horno para roces institucionales, precisamente.

De lo que sí estoy seguro es de que el señor Rodríguez Sol, que ya se inclinó por defender al presidente de la Generalitat de algunos ataques periodísticos, vulnerando él mismo, me parece, alguna parcela de la libertad informativa, no se ha manifestado en ningún momento a favor de esa separación, sino más bien todo lo contrario. Y tanto él como otros funcionarios, incluyendo algún general a quien se ha pretendido recientemente expedientar porque algún medio consideró, creo que erróneamente, que había pronunciado unas declaraciones a favor de la intervención militar en Cataluña, tienen perfecto derecho a decir lo que les parezca si lo hacen en su condición de ciudadanos libres y mientras no cometan ningún delito por proclamar lo que proclaman; simplemente, no se pueden, por real decreto, acallar las bocas que dicen lo que a quienes detentan «lo -políticamente-correcto» no les gusta oír. Y sí, hay leyes que, como dice Rodríguez Sol, no son inamovibles y «conocer los deseos de los catalanes no puede ser negativo».

Puede que esté yendo muy lejos, lo admito; pero me parece que la única manera de evitar un conflicto irreparable con Cataluña sería, precisamente, propiciar la celebración de una consulta con las reglas del juego pactadas, y no como ahora, que la tramitación está siendo unilateralmente implementada desde el Parlamento catalán controlado por los independentistas (más o menos). Es decir, que el referéndum se celebrase de acuerdo con la ley, propiciado desde el Gobierno central y con libertad absoluta de información y publicidad: tengo para mí que muchos ciudadanos en Cataluña se sienten coaccionados por el «clima general» a la hora de manifestar sus opiniones. Puede que haya llegado el momento en el que de verdad se deba producir el tan postergado debate sobre la identidad de Cataluña, su incardinación con el resto de España y sus/nuestros planteamientos de futuro. Y hasta podríamos llevarnos alguna sorpresa acerca del grado de seguimiento de las tesis mesiánicas de Artur Mas y su equipo, no todo, ya lo hemos visto, tan «sancto». Y hasta es posible que ya sea hora de que todas esas irregularidades patentes que pesan sobre el proceso político catalán desde hace años queden aclaradas y subsanadas: una catarsis, vamos.

Desde luego, el Gobierno central, los partidos nacionales, tendrán que dar pasos para evitar el catastrófico proceso que se ha puesto en marcha. No me cabe duda de que una propuesta de reforma constitucional, que albergue algunas pretensiones de los secesionistas catalanes, tal y como ha insinuado Pérez Rubalcaba, resultaría altamente beneficiosa para la derrota de quienes, simplemente y pese a todas las advertencias que llegan desde Europa, quieren marcharse hacia rumbos nuevos, desconocidos y me parece -es mi opinión, claro- peligrosos. En este sentido, resultará clave la posición del PSC, cuyo versátil líder, Pere Navarro, se dedica ahora a recorrer cenáculos madrileños asegurando su voluntad no independentista, aunque sí a favor de la consulta; Rubalcaba y él tienen que entenderse, y en ello, creo y espero, andan. Así, Navarro puede convertirse, si es capaz de aclarar sus ideas, en el pregonero del «no» a la secesión, pero sí a un proceso nacionalista avanzado, ante el referéndum, o consulta, que no es momento de grandes disquisiciones semánticas.

No será, desde luego, sancionando a fiscales o militares incómodos, sacudiendo de lo lindo a gentes como Duran i Lleida -que es el gran eslabón hacia la racionalidad de los nacionalistas- o atacando, sin más, desde posiciones extremistas, a todo cuanto huela a catalán, como solucionaremos el conflicto que viene. Tampoco lo haremos con posiciones inmovilistas; el tiempo de la innovación, de la imaginación política, de la flexibilidad, ha llegado. Y solamente cuando quienes tienen que constatarlo lo constaten, habrá llegado el momento de esa importante «cumbre» entre Mariano Rajoy y Artur Mas, a quienes hemos de forzar, entre todos, a actuar como estadistas.

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