Fernando Jáuregui – Soy periodista; que no lo sepa mi madre. Ni Montoro.


MADRID, 7 (OTR/PRESS)

Algo habremos hecho mal los periodistas, en conjunto, para ocupar el penúltimo lugar en el aprecio ciudadano, solamente por delante de los jueces. Cuando hace apenas cuatro años ocupábamos los primeros puestos en los escalafones de la valoración popular. Pienso que se va haciendo urgente una reflexión del colectivo, más allá del victimismo que en ocasiones exhibimos de manera injustificada; porque el mundo cambia, todos cambian y nosotros, muchos de nosotros, seguramente nos hemos quedado estancados en torno a viejos clichés. Puede que los periodistas españoles -insisto: hablo en general, y que me perdonen cuantos se sientan una excepción- seamos los únicos que no hayamos hecho nuestra transición al futuro, y mira que, teóricamente, nos encontramos en el barco puntero de la revolución tecnológica e ideológica.

Pero es inútil fustigarse: mejor sería debatir desde nuestras propias instancias corporativas cómo abrirnos más a la sociedad, ser más participativos, cómo escuchar más la voz de la calle. Y cómo ser más independientes y honestos en lo que decimos y hasta, allá donde quepa, en lo que hacemos. O sea, lo mismo que pedimos a los políticos, a los empresarios o a los sindicalistas. También me parece inútil enfadarse porque el ministro de Hacienda, este Cristóbal Montoro lanzado contra actores, contra sus colegas los políticos y contra tantos otros, incluya a medios de comunicación y tertulianos entre quienes no cumplen religiosamente con sus deberes fiscales, y así lo proclame «urbi et orbe».

Al margen de que Montoro esté o no legitimado para lanzar la sombra de la sospecha contra colectivos enteros -yo le voy a enviar mi declaración de Hacienda, a ver en qué es incorrecta-, o para violar el secreto de la amnistía fiscal, como hizo en el «caso Bárcenas», me parece que meditación también merece la cosa; ser periodista, especialmente en la modalidad de tertuliano o de estrella televisiva, no es algo que goce ahora del aprecio generalizado. Tal vez debamos revisar anticuados e incumplidos códigos deontológicos, acaso hayamos de retomar el concepto de esta profesión nuestra maravillosa como un sacerdocio, al servicio de la comunidad, y no de intereses más o menos sectoriales. «Escribe para todos; no solamente para quienes te conocen o para aquellos cuyo aprecio te interese», me dijo una vez uno de mis viejos maestros en este oficio. He procurado no olvidarlo en estos últimos cuarenta años, aunque sin duda alguna vez he incumplido el consejo. Lo lamento.

Proclama, en fin, el viejo dicho aquello de que «no le digas a mi madre que soy periodista; ella piensa que soy pianista en un burdel». Por favor, tampoco se lo digas a Montoro. Ni, lo que es peor, a los encuestadores del Centro de Investigaciones Sociológicas, de cuyas manos salimos tan mal parados. Tal vez haya que concluir que, dejando aparte algunas pasadas del señor ministro de Hacienda y las denuncias -injustificadas, inoportunas, inconvenientes- del PP contra algún medio, algo de culpa también tendremos nosotros de este desprestigio social en el que estamos cayendo. Y si políticos, legisladores, jueces y periodistas son merecedores del general reproche, ¿qué queda de la grandeza de los planteamientos democráticos de la división de poderes Montesquieu, cuando todos ellos están unidos en el mismo baile de los malditos?

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