Antonio Casado – Francisco, el reformador.


MADRID, 15 (OTR/PRESS)

Demasiado pronto para hacer conjeturas sobre la hoja de ruta del Papa Francisco en el gobierno de la barca de San Pedro. Pero ya se ha hecho dominante la tendencia a considerarle un reformador que, además, quiere estar cerca de los humildes y ser ejemplar. Ojalá, aunque en estos casos conviene ir a las fuentes evangélicas. Y ahí volveremos a topar con aquella sentencia del fundador: «Por sus obras los conoceréis».

Hechos y no palabras. Tal vez Jesucristo ya por aquel entonces nos estaba poniendo en guardia frente al uso del lenguaje como burladero de truhanes. Dicho sea con carácter general y de ninguna manera por el propio Bergoglio, que viene precisamente con palabras nuevas, frescas y cercanas. Pero sí se podría apuntar a ciertos representantes de la jerarquía eclesiástica que no acaban de llevarse bien con el sexto y séptimos mandamientos de la Ley de Dios. Se trata de abrir las ventanas para que salga por ellas el «humo de Satanás», expresión utilizada por Pablo VI cuando en su día pudo percibir la presencia del maligno en las altas esferas de la Iglesia Católica.

A lo que iba. Aparte de inocular transparencia y ejemplaridad, el nuevo Pontífice debería afrontar esa otra asignatura pendiente de la Iglesia que es el uso del lenguaje, de manera que sirva para conocer la realidad, a fin de mejorarla, y no para encubrirla. No me refiero solamente a quienes violaron sistemáticamente el código lingüístico para minimizar el problema de la pederastia (nada menos que 21 cardenales han sido calificados de «encubridores» recientemente), sino a quienes falsifican el valor de las palabras para hacer un discurso inaccesible a la gente de buena fe.

Y nunca mejor dicho lo de buena fe. Decir, por ejemplo, que «necesitamos un pastor capaz de dar la vida por sus ovejas», en palabras del cardenal Angelo Sodano, no es decir nada. Por no ir tan lejos, véanse las declaraciones del secretario y portavoz de la Conferencia Episcopal Española, José Antonio Martínez Camino, que hace unos días se refería de este modo al nuevo Papa: «Tiene depositada su confianza sólo en Dios y por eso es libre». A primera vista parece decirnos que Francisco no se fía de nadie del Cielo hacia abajo, pero es que justamente su ámbito de actuación es de este mundo. Eso es lo que significa ser el representante de Cristo en la tierra, donde se tiene que desenvolver.

Si no se puede explicar con palabras sencillas no serán creíbles las distintas batallas que Francisco ha de librar para conseguir una Iglesia ejemplar y transparente. A saber: corrupción, lucha por el poder, escándalos financieros y sexuales, opacidad, y otras más concretas como la reforma del aparato burocrático del Vaticano (la Curia), fijación de una postura frente a la pederastia, reforzar el diálogo con el Islam, formar criterio ante la bioética, revisar el papel de la mujer, etc. Este sábado tendrá ocasión de demostrar, al menos en el uso del lenguaje, si va en serio y si el nuevo Papa es tan reformador y tan capaz como se dice. Le espera una ingente tarea de saneamiento.

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