José Luis Gómez – El vecino chipriota inquieta.


MADRID, 16 (OTR/PRESS)

Quinto programa de rescate en la eurozona desde el estallido de la crisis, tras los casos de Grecia, Portugal e Irlanda y la banca española: Chipre, un país inviable, necesitaba dinero y la Unión Europea se lo ha prestado, pero a cambio de un impuesto extraordinario sobre los depósitos bancarios. En pocas palabras: obliga a los ahorradores a pagar la mitad del rescate de su país. Por tanto, le ha entregado 10.000 millones de euros -un punto del PIB español- y le ha exigido una quita de casi el 10% de sus depósitos, incluso de aquellos de menos de 100.000 euros, que hasta ahora se suponían protegidos por la UE. En definitiva, Bruselas ha abierto un melón complicado: el rescate de Chipre, asociado a un minicorralito, el primero que se da en la eurozona en esta interminable crisis financiera. Todo un aviso a navegantes.

Un pequeño país, irrelevante en términos de Producto Interior Bruto, será rescatado a la brava, lo cual solivianta a sus ciudadanos -especialmente si son ahorradores- pero también intranquiliza al resto de los europeos, especialmente a los de países con problemas, como Grecia, Italia, España, Portugal e Irlanda.

La noticia abrió The Wall Street Journal, ocupó una posición destacada en The New York Times y fue dominante en toda la prensa europea, señal de que no es un asunto menor, ni menos aún solo un problema financiero de un pequeño del Mediterráneo, cuya compensación por la quita supondrá que los depositantes recibirán acciones en los bancos rescatados por el valor de la parte confiscada. Pobre consuelo.

La pregunta está ahora en el ambiente: ¿el temor a que los depósitos no estén asegurados en los países con riesgo de ser rescatados, como España, puede provocar una fuga de capitales hacia bancos de economías más seguras? Cualquiera sabe, pero la cosa no pinta nada bien. De hecho, en Luxemburgo, otro pequeño país, pero seguro -tiene triple AAA-, ya saben mucho de esto, ya que es destino de capitales españoles que huyeron de la mera hipótesis de un rescate.

Mientras el euro no se dote de una política fiscal común, su solvencia seguirá en el aire, al menos en aquellos países más vulnerables, entre los que está España. Chipre e Irlanda ponen de relieve que su fiscalidad está a años luz de la media de la eurozona, donde solo habrá estabilidad el día que tenga eurobonos, producto de una verdadera política económica común. Lo demás solo son parches.

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