Andrés Aberasturi – Definitivamente, no soy nadie.


MADRID, 18 (OTR/PRESS)

Creo que fue Giovanni Guareschi quien descubrió la pequeñez del hombre un día que se puso a orinar junto a las cataratas del Niágara. No hace falta llegar tan lejos ni hacer aguas menores fuera del tiesto para comprender que uno no es nadie, que está en la vida nacional lo mismo que las farolas en las calles: porque las pone el ayuntamiento. Esta tremenda sensación de inutilidad no es nueva, pero los últimos acontecimientos confirman la escasa importancia de la mayoría de nosotros, el nulo resultado de mis esfuerzos personales -que son los que me preocupan, claro- por más que una y otra vez levanto la mano para hablar en forma de columna.

¿Pero qué ha pasado para que hoy me asalte esta desazón? Pues varias cosas y todas deprimentes: mi nombre no aparece entre los papeles de Bárcenas, no he sido espiado por la agencia Método 3, ningún ministro me ha llamado para mediar con ningún emirato y ni siquiera me invitan las televisiones para que me suba a un trampolín y haga un rato el ridículo a cambio de un puñado de euros. Y no es por falta de voluntad ni porque me ponga estrecho que, cuando entonces, ofrecí públicamente el acogedor cuarto de estar de mi casa -incluso el café corría de mi cuenta- a Esperanza Aguirre y Gallardón para que limasen diferencias, a Zapatero y Rajoy para que llegaran de una vez a puñetero acuerdo, al «Ente Público RTVE en Liquidación» -juro que es el nombre oficial- para que me dejara respirar un poco. Yo qué sé. Mi vocación mediadora ha sido siempre tan evidente como despreciada y me pregunto que tiene la Srta. Corinna que no tenga yo.

Sobre el espeso silencio de las cadenas televisivas y mis posibilidades en el apasionante mundo del salto del trampolín, no voy a terminar preguntándome, cómo en el párrafo anterior, qué tiene Falete que no tenga yo.

Más preocupante es lo de la agencia de detectives Método 3. Si no te han pinchado un teléfono o te han puesto un micro en el florero, desengáñate, no eres nadie, no cuentas, no sirves. Y si a todo esto le añades que no estás inmerso en ninguna querella ni tan siquiera como testigo -como imputado ya sería un exceso- es que has desperdiciado los evangélicos talentos y el buen dios tarde o temprano te pedirá cuentas. Lo más apasionante que me ha pasado fue cuando Serra, entonces titular de Defensa, me invitó a comer en el ministerio y entre él y el tercer comensal -un querido compañero- me abroncaron mucho y poco menos que me advirtieron sobre las terroríficas repercusiones para la paz nacional si seguía insistiendo en que lo de la «mili» obligatoria era un desastre y en la «hombría» machistorra y pueril que aun persistía en determinado pensamiento militar. Yo seguí a lo mío, claro, y parece que no hubo levantamiento por mi culpa, lo cual ya no sé si me alegra o me refuerza en el pensamiento de Guareschi.

Sea como fuera, yo sigo abriendo mi casa para mediar en los conflictos, sigo a disposición de los tribunales para que me citen como algo, sigo revisando detrás de los cuadros en busca de micrófonos aunque he descartado, definitivamente, tirarme desde un trampolín para regocijo de la audiencia.

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