Fernando Jáuregui – Siete días trepidantes – Cuando la noticia es que hay rumores.


MADRID, 23 (OTR/PRESS)

Pocas cosas ilustran más sobre el estado de transparencia e información del propio país que poner algo de tierra por medio. Motivos profesionales me han llevado estos días a Miami, a la que su propio alcalde, Tomás Regalado, me define como «la principal ciudad de Latinaomérica», porque acoge a ciudadanos de prácticamente todos los países latinoamericanos, lo que hace que resulte un observatorio de enorme interés para analizar, desde la calma, lo que ocurre por el mundo, por nuestro mundo. Los estudiantes de la Florida International University muestran gran avidez por saber lo que está, de verdad, ocurriendo en Europa y, sin ambages ni tapaderas, lo que sucede en las entretelas de España: me preguntan por los riesgos de fractura territorial, por el futuro de la Jefatura del Estado… Reconozco ante ellos que tengo que atenerme a los rumores que circulan, poniendo veladuras sobre la verdad. Quién sabe, les digo, cuán es esa verdad, si es que la verdad existe.

¿Cómo hablar de transparencia europea, les reconozco, cuando los distintos agentes -los eurócratas, el Ministerio de Finanzas alemán- se culpan entre ellos del malhadado paso de intervenir las cuentas bancarias en Chipre, generando una enorme inseguridad jurídica en toda la UE? Y, yendo a cuestiones domésticas, ¿cómo ofrecer certezas acerca de los planes que se puedan estos días estar cociendo en La Zarzuela en torno a una hipotética abdicación -o no- del Monarca? Rumores, solamente rumores. Como rumores son, les digo, los que hablan de una marcha atrás de la Generalitat en su fogosidad secesionista: y es que la lógica indica que no se puede estar pidiendo ayuda a «papá Estado» para evitar la quiebra y, al tiempo, amenazando todo el día con separarse de ese Estado.

Tengo la impresión de que, en los círculos en los que estos días me muevo, los de una economía que cada mes recibe en Miami a una treintena de nuevos inversores españoles, los de una universidad que trata de encontrar respuestas definitivas que lleguen desde el otro lado del charco y los de una política que supone una forma de gobernar mucho más abierta de lo que estamos acostumbrados, se ha instalado la perplejidad. Si entender lo que está ocurriendo en Europa es ya difícil para los propios españoles, imagínese usted lo que será comprender lo que ocurre en España para unas gentes que viven a caballo entre una América Latina emergente y unos Estados Unidos que siguen su rumbo en el fondo satisfecho, en el fondo confiado.

Y así, explico a mis alumnos, hay que reconocer que los españoles, como primera frontera de Europa, vivimos inmersos en las neblinas del rumor: que si Mariano Rajoy se ha visto o no secretamente con Artur Mas, que si la puesta en marcha de los mecanismos sucesorios podría -o no- ser cosa inminente… Son asuntos, lo sé, que afectan nada menos que a la esencia del Estado, pero no queda más remedio que reconocer que, viendo las cosas de España desde esta confortable distancia, todo es sensación de provisionalidad, de cosa poco solidificada, de castillo en el aire. Y, entonces tampoco extraña ese éxodo silencioso de inversores españoles hacia otros pagos, un éxodo que alarma y que, al menos yo, no puedo sino desaprobar, aunque lo entienda como una terrible falta de confianza: ¿estamos en buenas manos?

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