Charo Zarzalejos – Contra el stress, un poco de belleza.


MADRID, 28 (OTR/PRESS)

Sé que Rajoy ha recibido a Mas en una cita secreta, que, al final será el juez Ruz y no Bermúdez quien se hará cargo de ese suplicio en el que se ha convertido el caso Bárcenas, que el déficit previsto por Montoro no es tal; que ETA está enfadada y, dicen, que muy sola porque el Gobierno no se ha avenido a negociar con ellos; y se también que el Consejo General del Poder Judicial ha enviado a los jueces un manual antiestress que nada debe envidiar a algún que otro capítulo de los libros de autoayuda o de los consejos «para mantenerse joven» que aparecen en las ultimas páginas de las revistas que una ojea en la peluquería.

Realmente, España se ha convertido en un país estresante pero en medio de este inmenso bosque de despropósitos y de incertidumbres hay lugares y tiempos_siempre cortos_en los que la belleza de la Semana Santa resulta ser un magnífico antídoto para los ánimos cansados y desvaídos.

Escribo desde Sevilla en donde sus habitantes y visitantes se preparan para la «madrugá» que son esas horas que unen el Jueves Santo con el Viernes. La noche cae sobre Sevilla para acoger por sus estrechas calles, por sus magníficos puentes, a la bellísima Esperanza de Triana, a la guapísima Macarena y a tallas de Cristo como el del Silencio o el Gran Poder que con sus gestos de dolor, que no de enfado, llenan la noche de misterio y de belleza. Hay belleza en las tallas, en las flores de cera y en las naturales. En las velas diezmadas por la mecha que logra arder horas y horas. Hay belleza en la gente que año tras año y como si fuera la primera vez, contempla emocionada a sus Señoras y a sus Cristos y hay belleza en ese paralítico cerebral que empujado en su silla de ruedas por compañeros de hermandad va justo delante del paso, en lugar preferente, pegadito al Cristo como un Cristo mismo.

La belleza no se agota en Sevilla. La hay, y mucha, en Málaga, Zamora o Valladolid por poner algunos ejemplos. Son bellezas distintas pero todas ellas capaces de transportarnos, al menos por unas horas, a un espacio que queda al margen de los vaivenes de los mercados, que no entiende de pugnas competenciales. Son espacios que se alimentan a si mismos año tras año y en los que lo único que tenemos que hacer es dejarnos llevar por la música o el silencio, por el olor a incienso o el clarear del nuevo día para, como podamos, retomar lo cotidiano.

No sé si los jueces harán caso a las instrucciones antiestress del CGPJ, pero no sería un ejercicio inútil, para jueces y no jueces que allí donde estén contemplen, aunque solo sea un ratito, la belleza que desprende la Semana Santa.

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