Luis Del Val – Discreción y secretismo.


MADRID, 28 (OTR/PRESS)

Por desgracia para los nacionalistas, incluidos los nacionalistas españolistas, en el mundo globalizado de hoy los vaivenes y las tormentas que se ciernen sobre nosotros tienen poco que ver con lo que piensan los soñadores en la vuelta de la tribu. Es probable que las alas de la mariposa batidas en el Pacífico no provoquen una galerna en el Mediterráneo, pero estoy convencido de que una decisión de un alto cargo en China, ni siquiera un ministro, puede provocar el cierre de una fábrica en Reus. Aterrizas en cualquier lugar de Europa, o de otro continente, te habla alguien del problema de identidad catalana o de la peculiaridad vasca o de la idiosincrasia gallega, y notas que en tu cerebro se forma algo muy parecido al estupor. Otra cosa es el amor a la tierra, a las tradiciones, a la historia y el deseo de prosperidad, pero unirlo eso a la deriva de la independencia produce perplejidad. ¿Nos podemos independizar del petróleo? ¿De qué haya una ocupación de Irán por parte de Estados Unidos? ¿De la banca internacional? ¿Del cambio climático?

Por eso mismo, me sobresalta que el presidente del Gobierno haya empezado el melón de las reuniones secretas. A mí, que les pago el sueldo para que resuelvan problemas y no para que los creen, me parece bien la discreción, la ausencia de declaraciones al término de la reunión, pero no sabía que tenían nada que ocultar. Desde luego, Artur Mas no esconde nada y es el gran calumniador e impulsor de afirmar que el resto de los españoles le estamos robando, aspecto que no se priva de decir y de fomentar. ¿Y Rajoy? ¿El presidente del Gobierno de España tiene que ocultar algo? Desde luego, si el propósito es torcerle el brazo a la Constitución, y violar el principio de que todos somos iguales ante la Ley, por el procedimiento de tratar el déficit de Cataluña de manera distinta al de los valencianos o los aragoneses, entonces no es que se oculte: es que le produce vergüenza el disparate que va a cometer, y en esos casos, la cara se suele caer.

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