Carlos Carnicero – «España», marca y realidad.


MADRID, 6 (OTR/PRESS)

Hace tiempo que la política, como acción y ejercicio de partidos e instituciones tradicionales, cayó en manos de gurús de la sociología. Lo importante, ahora, no es el efecto de las políticas, sino su aceptación: puro marketing. El mensaje sustituyó al contenido, sobre todo en la confianza de que, en la sociedad de las tecnologías, no hay nada que permanezca, porque todo es sustituido por lo inmediato y siguiente. Se anuncian medidas que no llegan a cumplirse porque se piensa que nadie se quedará pendiente de ellas para confirmar que se realizan.

Ahora está de moda hablar de la «marca» España. Se refieren a la apariencia y a la percepción de este país en los mercados internacionales. No se trata tanto de conocer la realidad, sus parámetros sociales y económicos, sino la imagen que es capaz de proyectar. Independientemente de su situación real.

El ministro de Exteriores, José Manuel García Margallo, ha vuelto a evocar la marca «España» señalando su preocupación por el deterioro de la imagen de nuestro país con motivo de la imputación de la Infanta Cristina. No señala el ministro temor por el desperfecto de la institución de la monarquía. Por las repercusiones en el ánimo de la ciudadanía o por cualquier otra razón entreverada con la crisis global de la sociedad española. Su preocupación es de puro marketing por el deterioro de una marca que ha superado conceptualmente al país que representa.

En consecuencia con lo anterior, la preocupación de los dirigentes políticos se centra en que la apariencia sea aceptable.

Pero cuando los hechos son reiterativos y tozudos no hay apariencia que sea capaz de ocultarlos. La crisis ha terminado por envolverlo todo y es muy difícil encontrar un asidero para montar una imagen aceptable de lo que es la realidad española.

Es cierto que una monarquía que alberga a dos de los miembros de su casa real imputados por graves delitos económicos tiene un problema muy grave, no solo de imagen sino de realidad.

La solución es compleja. Si a instancia de la fiscalía, la Justicia consigue anular la imputación de la infanta, tendrá que ser muy contundente el auto para que no quede la sensación de que se ha cerrado en falso.

Y la declaración de la Infanta será un espectáculo con daños colaterales.

En estas estamos cuando ha llegado el tiempo de que todos nos preocupemos de la salida de la crisis y no solo de la imagen de la «marca» España.

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