Siete días trepidantes – Una semana verdaderamente lamentable, la verdad.


MADRID, 06 (OTR/PRESS)

Se cierra hoy una semana que, en mi opinión de mero cronista con muchos años de oficio a sus espaldas, ha sido verdaderamente lamentable.

Hay quien afirma, también son ganas de consolarse, que lo que está ocurriendo en estos días de angustia nacional es, en realidad, reflejo de un pasado indigno que aflora de golpe, pero que el presente, en lo que se refiere a corrupción y despilfarro del dinero público, es mucho mejor, más moral; todo está ahora mejor controlado, te dicen quienes, seguramente con algo de razón, se niegan a ver el naufragio de lo que algún día pensamos que era un invencible Titanic.

Cuando veo la pelea entre dos jueces por quedarse con el jugoso desde muchos puntos de vista -«caso Bárcenas», o cuando se constata que un magistrado y un fiscal, amigos y sin embargo colegas hasta ahora, se tiran los trastos a la cabeza a cuenta nada menos que de la imputación por diversos delitos (presuntos) de la hija menor del Rey, dudo de ese optimismo por lo que es el hoy frente a lo que fue el ayer.

Vivimos, la verdad, en la España de la inseguridad jurídica y judicial, en la quiebra del Estado autonómico, en la sospecha ciudadana de que en las alcantarillas se mueven demasiados intereses que hay que ocultar. Y eso, claro, provoca estallidos sociales indeseables, de los que la punta del iceberg -volvemos al Titanic- es eso que se llama escrache y que fue a estrellarse el viernes contra las paredes del domicilio de la vicepresidenta Saénz de Santamaría, que es, dicho sea de paso, uno de los pocos miembros del Gobierno que aún aparece en público y mantiene, además, muy sensatas posiciones.

Pero es que resulta que al Gobierno, como ocurre con las pulgas y el perro flaco, le caen encima todos los cascotes: le piden explicaciones desde por la regulación de los desahucios -que así de lamentablemente regulados llevan tantos años -hasta por la herencia de Don Juan de Borbón. Y el Gobierno, en lugar de salir al paso de lo que pasa, valga el mal juego de palabras, se encierra en el silencio, aprovechando que el Parlamento sestea, que los jueces se pelean, que los medios de comunicación, en parte desprestigiados, no llegan para atender a todos los frentes y que la sociedad civil, tan secularmente desestructurada, permanece como anestesiada, sin que el estallido lamentable del «escrachismo» sirva para desmentir lo anterior, sino, acaso, para todo lo contrario.

Que un juez al que muchos quieren desprestigiar -y algo de polémico, eso es cierto, tiene- impute a una infanta de España no es tan malo como el revuelo judicial y moral que se organiza a continuación, cuando nada menos que el fiscal anticorrupción reprocha, utilizando presuntos argumentos jurídicos, a ese juez paisano que haya procedido a la tal imputación, lógica a los ojos de muchos, tal vez dudosa desde la pura técnica procesal; doctores, demasiados a lo que se ve, tiene la Iglesia. Que un tipo al que usted no confiaría la custodia de su casa tenga en jaque al partido gobernante puede no resultar tan grave como el hecho de que un juez que se ha desempeñado en los casos más sonados, como el del 11-m, intente, por lo que parece puro protagonismo, quedarse con el asunto del ex tesorero y sus posibles ramificaciones con el «affaie Gürtel». Que un presidente autonómico tenga que ver unas fotografías suyas en la prensa en compañía de un conocido narcotraficante puede ser algo más o menos irrelevante -a mí, desde luego, no me parece que tenga, en sí, nada de inculpatorio-; pero, desde luego, lo que sí es sintomático es que esa publicación lleva a la sospecha de que España es el reino del juego sucio, de las filtraciones interesadas, del espionaje «a lo Método3», del «todo vale» en la carrera por el poder.

Y todo ello, en medio de la mayor desmoralización social que se recuerda, una desmoralización que parece que compartimos con los países «colegas» del sur de Europa, que parecen deslizarse por el tobogán hacia un cierto caos político. El mal de muchos no puede consolarnos, sino que puede que venga a agravar nuestra situación.

En fin, qué quiere usted amable lector, que le diga. He leído atentamente los argumentos en contra de la elección por el Rey -ahora parece que cualquier cosa que haga el Rey está mal hecha- de un abogado como Miquel Roca como defensor de la imputada infanta Cristina, defensor legal, que ya imposible de su maltrecho honor. A mí me ha parecido, en cambio, bastante bien seleccionada la figura: Roca es nacionalista prudente, sin la ceguera de Mas; fue un gran portavoz en el Congreso en Madrid, ha sabido ganar dinero no polémico a cuenta de sus influencias -nada diferente a lo que hacen otros en otros bufetes, despachos o empresas- y supo afrontar el descalabro en su desastrosa operación política, aquella «operación Roca». Pues eso: que yo prefería, con todo, aquella época, pese a que de muchos de aquellos polvos nos vienen estos lodos, que la del nacional pesimismo actual. Será, ya digo, que me voy haciendo viejo.

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