Fernando Jáuregui – Mi Venezuela querida.


MADRID, 12 (OTR/PRESS)

Siempre he pensado que hay países que no se merecen a sus gobernantes, y conste que no miro a nadie. O sí, sí miro. Miro, por ejemplo, a Venezuela, donde puede que alguien como Nicolás Maduro, gobernante atípico donde los haya y sucesor de un gobernante aún más atípico si cabe, gane limpiamente unas elecciones en las que se juega mantener en el país una democracia también atípica o mudarla en algo más «normal», supongo que usted, querido lector, me entiende. Por supuesto, reconozco que mis simpatías van más por el lado de Henrique Capriles que por el de un Maduro que ha hecho una campaña electoral francamente sonrojante, y ni siquiera me voy a detener para regocijarme en sus trinos y salidas de madre. La verdad es que su contrincante tampoco es que haya protagonizado unos mítines llenos de ideas precisamente; creo que Capriles se equivocó al intentar pelear con populismo frente al extremo populismo de los bolivarianos. Los dados, en todo caso, están echados y solamente queda por ver de qué lado caen, aunque, personalmente, temo lo peor.

Me resulta inexplicable que una ciudadanía ya curada de espanto pueda incidir en más de lo mismo. Pero -y aunque antes dije que no iba a señalar- ya ve usted lo que ocurre, sin ir más lejos, en la Argentina de Cristina, o antes en la de Kirchner, o antes, peor si cabe, en la de Isabelita y el Brujo. O en la Italia de Berlusconi. Y prefiero no hablar, para qué, de la desventurada Rusia de Putin, que no levanta cabeza desde los zares. Pueblos maduros -con minúscula, por favor-, hechos a la democracia, con alto nivel de cultura política, votan, sin embargo, lo que desde el punto de vista de la ética y la estética política, e incluso para los propios intereses de los ciudadanos, resulta más indeseable.

Siempre pensé que América Latina era un laboratorio político de primer orden, aunque ya sé que cada país es un mundo y que no se debe generalizar. Pero, precisamente porque tengo un altísimo concepto del continente, en pleno despegue, y porque cada día lo tengo más bajo, en cambio, de los rectores europeos, inmersos en el permanente dislate, me duele que un señor que todo lo cifra en los gritos, en los llamamientos a un muerto y en la parasantería pueda estar llamado a gobernar un país como mi querida Venezuela, que tanto ha sufrido a tantos mandatarios indignos.

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