Siete días trepidantes – Entre el 15-m y el 14-a: la gente sale a la calle.


MADRID, 13 (OTR/PRESS)

Escucho a un corresponsal extranjero en una radio nacional justificar eso que ha dado en llamarse escrache, palabro que el Ministerio del Interior quisiera hasta prohibir: la gente no tiene contacto, en España, con los políticos, dice, con un asomo de superioridad, pero no sin razón, el periodista anglosajón. Y eso, claro, justifica para él la salida de la gente a la calle, en momentos de tensión y ansiedad ciudadanas, aunque sea a rodear las casas de los políticos, el penúltimo el presidente del Congreso y «número tres» en la jerarquía del Estado, el muy moderado Jesús Posada. Naturalmente, no justifico estas invasiones de la privacidad de la gente, sea tal gente o no miembro de la casta política, faltaría más. Pero creo que no vendría mal un poco de serenidad y autocrítica a la hora de analizar lo que está pasando, que es mucho y muy serio.

Claro que hay que culpar a eso que llamo «casta política», integrada por Gobierno(s), oposición(es), algo del funcionariado y bastante de las instituciones, de la sensación de malestar generalizado que se palpa en España. Y no deja de tener razón el mentado corresponsal que ayer por la mañana hablaba en una radio de difusión nacional cuando dice que en otros países democráticos el contacto entre esa clase política y el ciudadano de a pie está mucho más normalizado y es, por supuesto, mucho más frecuente. Pero, claro, ¿cómo va a salir a la calle a estrechar manos el político, cualquier político, que teme ser abucheado por esos votantes defraudados, por esos hombres y mujeres cabreados, empobrecidos, acostumbrados a esperarlo todo del Gobierno y a culpar de todo al «porco Governo»…o a la oposición, o al Rey, o a quien sea?

Por eso me digo a mí mismo que la culpa del nacional-pesimismo no la tiene solamente -solamente- el estamento de nuestros representantes. La falta de sociedad civil es, en España, asfixiante, y desde luego no podemos desconocer que una larga, larguísima, tradición de gobernar sin la menor participación del ciudadano, sin mirarle siquiera, tiene la mayor parte de la responsabilidad de esta España que sigue tan invertebrado como cuando lo denunciaba Ortega. Y entonces la decepción se estructura en redes sociales que convocan a los «onceeme» o, mañana, a los «catorcea», para protestar contra un estado de cosas que les parece injusto, para pedir cambios que les parecen necesarios.

¿Cómo esperar otra cosa cuando desde el Parlamento se vetan preguntas incómodas para el estatus monárquico, se desaloja del Congreso a tirones a ancianos desesperados porque, a manos de las preferentes, lo han perdido todo, o se califica de «escrache», con tintes casi delictivos, a una simple manifestación ante un partido político? ¿Cómo no entender el abandono ciudadano a sus representantes cuando iniciativas legislativas populares avaladas por más de un millón de personas, por ejemplo la que pretendía regular los desahucios, son simplemente tiradas a la papelera, o poco menos, a la hora de elaborar la ley? No es este, no, el modo de contener la marea, hasta ahora y en general muy civilizada por cierto, que toma las calles día sí y día también, para protestar contra tantas situaciones patentemente injustas.

Y claro que no estoy criticando tan solo a un Gobierno que estoy deseando, por nuestro bien, que acierte, y que en materia de contacto con los ciudadanos está fracasando de manera estrepitosa (como sus antecesores, los antecesores de estos, y …). Ni me estoy refiriendo apenas a la dejadez o las «ocurrencias» -como las expropiaciones de casas «a tres meses» de la Junta andaluza, idea respaldada por el mismísimo Rubalcaba- de algunos sectores de la oposición, igualmente desprestigiados y, si no, véanse las encuestas. Ni siquiera quiero centrarme en la corrupción floreciente en un inmediato pasado, que ahora sale, como un torrente, a la luz, y que salpica desde a nuestra primera institución hasta a ayuntamientos pequeños: quiero creer que ahora ninguno de esos desmanes sería ya posible, y eso que tenemos ganado.

Claro que todo eso es criticable. Pero también lo es que algunos de los líderes sociales que surgen en el hervidero ciudadano, desde Ada Colau hasta, ponga usted si quiere, Jorge Verstrynge, pasando por algunos dirigentes sindicales -todo mi respeto hacia los reelegidos Toxo y Méndez, a quienes considero honrados… y equivocados- y por algún ex dirigente político dedicado a la causa republicana, como Julio Anguita, actúen a veces más como esos actores que utilizan la protesta política para la promoción personal que al servicio de la protesta ciudadana. Tampoco están sirviendo, me parece, para la articulación del país en el Estado moderno, fuerte, eficaz y solidario que alguna vez, en esta primera transición ya acabada, estuvimos a punto de ser. Quizá ahora, en esta segunda transición ante la que patentemente estamos, tengamos una nueva oportunidad; pero, la verdad, ninguna de las actitudes en presencia hace concebir demasiadas esperanzas. Y eso, si continúa, hará inevitable un profunda cambio de rostros y de actitudes, ya lo verán.

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