Antonio Casado – Inestable Venezuela.


MADRID, 17 (OTR/PRESS)

No estaría nada mal que los venezolanos estuvieran discutiendo de béisbol en vez de discutir de política con resultado de muerte (tal cual, se hablaba de siete muertos el otro día). Hasta el propio presidente electo (España ya lo ha reconocido) ha pedido a sus seguidores que se corten un poco en las celebraciones y las disputas postelectorales, pues ya son bastante altos los índices de criminalidad callejera. No hace ninguna falta incrementarlos por cuenta del debate político en un país tan polarizado.

Las elecciones del pasado 14 de abril, que fueron una especie de segunda vuelta de las celebradas en octubre, han generado un panorama cargado de nubarrones. A los trazos negros del populismo, la inseguridad ciudadana, los apagones de luz, el desabastecimiento y el caos administrativo, que forma parte de la estructura socio-política de la actual Venezuela, hay que sumar ahora la discutida legitimidad del nuevo presidente, Nicolás Maduro. Su negativa a aceptar un nuevo recuento de los votos y las propuestas llevadas a la calle por los seguidores de Capriles anticipan una etapa marcada por la inestabilidad.

Desde las reñidas elecciones del domingo pasado ya nada será igual en este país sin Chávez y sin ese millón de venezolanos que han salido del país huyendo del chavismo a lo largo de estos últimos años. Las expectativas de cambio se han multiplicado con la amarga victoria de Maduro y la dulce derrota de Capriles. Poco más de 200.000 votos de diferencia, una vez escrutado el voto de los emigrantes. Tiene mérito lo conseguido por el aspirante haciendo cambiar de bando a unos 600.000 antiguos votantes de Chávez. Estos ya han empezado a descubrir que el modelo asistencialista no crea riqueza y es pan de hoy pero hambre de mañana.

Los diez puntos de diferencia favorable a Hugo Chávez de octubre se han reducido a uno a favor de su sucesor, Nicolás Maduro. Mérito de Capriles. Lo ha conseguido teniendo en contra al ectoplasma del comandante y todo el aparato del Estado. Un verdadero e inesperado trasvase de voto bolivariano a la ortodoxia liberal y democrática del oponente, que en su momento tuvo el acierto oportunista de prometer que no anularía ciertas conquistas del fallecido presidente. Pero su gran éxito es haber consolidado una alternativa creíble al chavismo y haber hecho verosímil la capacidad de Venezuela para reinventarse en democracia veinte años después del desplome del sistema, achacable por partes iguales a los socialdemócratas de Caldera y los democristianos de Carlos Andrés Pérez.

Justamente esa quiebra fue lo que dio lugar a la anomalía bolivariana, en cuyas filas, además, han comenzado las pugnas por la herencia del fundador. Véase esa apelación de Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional, a la necesidad de reconocer los errores cometidos. Se ha interpretado como una advertencia a Maduro, su hipotético rival en la lucha por el liderazgo del PSUV (Partido Socialista Unido de Venezuela).

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