Fermín Bocos – El escarnio.


MADRID, 18 (OTR/PRESS)

El escarnio al que fue sometida Isabel Pantoja a la salida de la Audiencia de Málaga ha sido uno de los hechos más repugnantes de los últimos tiempos. Parecía un ensayo de linchamiento. Los energúmenos que increparon a la cantante tras conocer que había sido condenada a dos años de prisión expresaban tanto odio y tanta violencia que daban miedo. No es preciso comentar el error cometido por el juez al no prever lo que podía pasar porque se comenta por sí solo e induce a pensar que tal vez hemos asistido a un escarnio calculado, un escarmiento similar al que en su día sufrió Lola Flores. Vamos, que tal vez ha sido una suerte de aviso a navegantes olvidadizos de sus obligaciones con el Fisco.

Desde luego, es una posibilidad, pero de lo sucedido interesa destacar otro aspecto. Lo tornadizo de la opinión pública. El atrabiliario comportamiento de algunas personas cuando actúan en manada excitados por la presencia de alguien a quien personalmente no conocen de nada, pero del que lo saben todo porque su vida es de dominio público ya que ese, entre otros, es el peaje que se paga por la fama. Es cierto que a la salida del juzgado malagueño, mezclados con la muta de acosadores, también había unos cuantos fans, una docena de simpatizantes de la cantante, pero, a juzgar por el griterío, eran minoría y así queda reflejado en las escenas que hemos visto, repetidas una y otra vez, por las diferentes cadenas de televisión.

Cadenas -unas más que otras- que durante años han tenido precisamente a Isabel Pantoja como protagonista y mueble de lujo de quita y pon en los platós de los programas de cotilleo que despachan. Naturalmente, si no tuvieran público dispuesto a consumir el material chismoso que ofrecen, desaparecerían de las parrillas. Quiero decir con esto que nadie está obligado a ver tal o cual programa de televisión. Quien consume este tipo de contenidos es porque quiere, pero tengo para mí que sin ese tipo de programas y sin esa clase de fisgoneo servido a domicilio, sin ese huroneo en la vida privada de los personajes públicos, probablemente la peripecia judicial de Isabel Pantoja no habría desembocado en el bochornoso episodio que da pie a este apunte.

Digo esto sin olvido del reproche social que merece la conducta fiscal de una ciudadana que ha sido condenada por un delito probado de blanqueo de capitales. Pero una cosa es la condena y otra el linchamiento popular. No es digno de un país civilizado.

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