Fernando Jáuregui – La silenciosa voz de los parados y de otros millones en la calle.


MADRID, 25 (OTR/PRESS)

Desde luego no son eso que se llaman escrache, hoy legitimados por el presidente del Supremo, ni, mucho menos, los asaltos al Parlamento, ni siquiera las manifestaciones o las encuestas. Nada de eso puede calificarse con un genérico «esta es la voz de la calle». Ni esa voz se puede atribuir a la mayoría silenciosa, que no habla porque la sociedad civil, aquí en España y desde siempre, simplemente no tiene voz.

Está claro que tampoco es la voz de la calle la que se limita a votar cada cuatro años, y no hay político que pueda atribuírsela por el mero hecho de que, hace dos años, por ejemplo, obtuvo mayoría absoluta en las urnas; la democracia, como los galones o el derecho a ser el altavoz de los demás, hay que ganarla día a día.

Por eso, me entristece tanto que un gobierno que me parece básicamente honrado, pese a todo lo que se contradice, y que hace lo que puede -ya lo sé: esto no parece un elogio, ni quiere serlo- aguarde hasta este viernes de primavera para contarnos qué será de nosotros. Con qué medidas que afectan a nuestro bienestar, o, más bien malestar, nos va a sorprender. Y este es lamentablemente el caso en tal jornada como la de hoy.

Mire usted: no hacen, desde los atriles políticos, más que hablarnos de la necesaria nueva forma de gobernarnos para recuperar nuestra confianza. Y, así, nos prometen desde primarias a todo trapo hasta la elección directa, y no en un Congreso, el secretario general del partido, promesa esta última aventada ayer por el «número tres» del PSOE, Oscar López. O nos sorprenden con ideas, por cierto ya antiguas, acerca de reparaciones de urgencia en la normativa electoral, como el desbloqueo de las listas, que por cierto nunca llega. Y así, un largo etcétera.

Cambios lampedusianos, en el sentido de que hay que mudar algo, lo menos posible, para que todo siga igual. Todo eso y mucho más que pudieran sugerirnos, no pasa de ser cosmético y desde luego no es bastante en el país de los seis millones y un largo pico de parados.

Hay no solamente que replantearse muy a fondo la reforma laboral y el equilibrio en el reparto de las rentas; es que hay que consensuarlo todo, y no solamente en el seno del Pacto de Toledo. Cuando los bienes máximos para el desarrollo de la persona, el Estado de bienestar, los derechos fundamentales establecidos en la Constitución, están en peligro, la primacía del partido propio y el ataque al ajeno son cosas no solo secundarias, sino posiblemente nocivas.

Urge un profundo replanteamiento de todo el arquitrabe del sistema -no, claro, el derrocamiento del mismo que piden cuatro descerebrados-. Un replanteamiento que oiga, ya digo, la voz ronca de la calle, esa voz no distorsionada por energúmenos que dicen que quieren cargarse el «régimen», sino esa voz no tan difícil de percibir y entender que sale del alma del ciudadano común y corriente. Muchos, aún calladamente, están diciendo que este, el de la sorpresa de las medidas del viernes en el Consejo de Ministros, no es el camino. Aunque sean medidas que se toman, conste que no lo dudo, por nuestro bien.

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