Más que palabras – Paciencia, plasma y frialdad.


MADRID, 30 (OTR/PRESS)

Se nos puede pedir paciencia, aunque no la tengamos, pero desde luego ni comprensión ni resignación. Se nos puede decir que el gobierno sabe lo que hace. ¡Faltaría más! porque si no lo supiera estaríamos ante una pantomima insoportable. Se nos ha pedido sacrificios y los estamos haciendo hasta la extenuación, pero creímos que sería cosa, como máximo de dos años, y ahora se nos dice que en el horizonte más cercano no solo no se crearán sino que se seguirán destruyendo puestos de trabajo.

Dice el presidente del gobierno que «es mucho mejor explicar la verdad la gente y no hacer castillos en el aire» y tiene razón, pero la verdad se puede decir sin ocultación, pero sin crueldad y aquí se nos pinta una verdad tan cruda, tan bestial, que nos cierra cualquier puerta a la esperanza y además se da un estruendoso portazo. De hecho, el Consejo de Ministros que dio luz verde a la revisión de las previsiones macroeconómicas y aprobó un segundo plan de reformas consistente, sin más, en reprogramar las ya anunciadas que aún no están en vigor, fue un cúmulo de inconcrecciones destinadas, eso sí, al desánimo del personal.

Ya nos puede decir Luis de Guindos que el cuadro macroeconómico se ha elaborado para dar confianza a los mercados, que no a la ciudadanía, porque lo que se nos ha dado a entender es que tenemos por delante un panorama totalmente negro y no hay ni el más mínimo atisbo de luz en el horizonte. El otro día, Lucía Méndez recordaba en uno de sus artículos una frase del escritor portugués Gabriel Magalhaes: «El paro está destrozando de forma cruelmente silenciosa la vida de mucha gente, mientras el ciudadano que aún tiene trabajo se siente agotado sin norte y con medio al futuro». Las cosas se pueden ver de otra manera, pero no de forma más certera, porque si los que no tienen trabajo están aterrorizados por su presente, quienes lo tenemos también lo estamos por nuestro futuro y cuando se tiene miedo te acobardas y todo lo demás sobra.

El problema está en que un país con 6,2 millones de parados no puede esperar, y además se nos pide que esperemos desde la calculada frialdad de un plasma de televisión porque el presidente del Gobierno huye como de la pólvora del contacto con los periodistas porque nos detesta pero, lo que es peor, es que no quiere o no puede mostrarse cercano los ciudadanos. Los políticos nos han acostumbrado a no creer en su palabra y ahora tenemos que acostumbrarnos a verlos en la distancia, subidos en aquella inolvidable peana donde les situaba el genial Forges pero sin el lenguaje llano con el que el dibujante alumbra sus viñetas. Antes acusábamos a nuestros políticos de ser encantadores de serpientes, de enamorarnos y confundirnos con bonitas palabras huecas, pero ahora ni siquiera tiran de verbo fácil porque lo que quieren es marcar gélidamente su distancia con el común de los mortales.

La mayoría de los ministros han optado también por el lanzamiento del mensaje a través del plasma y eso tiene mal arreglo. Si el jefe se equivoca y, Mariano Rajoy con esa frialdad gélida que demuestra lo está haciendo, alguien de su entorno debería decirle algo por una cuestión de lealtad. Alguien debería recordarle que si no nos puede dar pan, al menos que no nos siga llamando tontos o si lo hace que lo haga de una manera más cercana y directa, algo similar a la que, hace poco más de un año, empleó para pedirnos el voto. Yo no digo, en absoluto, que el presidente del gobierno quiera ser portador de malas noticias y estoy convencida de que está intentando, por todos los medios, dar la vuelta a la catástrofe que vive nuestro país, lo que digo es que no se puede mostrar como un político tan distante que dé la sensación que ni siente ni padece. Tiene que salir ante la opinión pública, someterse a las preguntas de los periodistas y dar un poco de ánimo y sosiego. Por usar sus propias palabras queremos la verdad, no nos interesan los castillos en el aire, pero queremos escuchar sus razones en primera persona. Queremos «tocar líder» que se decía antaño, porque el plasma al que se ha vuelto adicto puede que esté deformando no solo la realidad sino su imagen. No es el registrador de la propiedad que resuelve los temas mecánicamente entre las cuatro paredes de un despacho, es el presidente del gobierno, debe dar la cara y también reconfortar a los ciudadanos aunque sigan cayendo chuzos de punta.

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