Fernando Jáuregui – Sí, es el fin de una era (imperfecta).


MADRID, 02 (OTR/PRESS)

Las encuestas lo certifican para España, como antes lo hicieron en otros países europeos y latinoamericanos: el bipartidismo, que ya era imperfecto, se está muriendo, y la agonía parece tener escaso remedio. El sistema tradicional español, basado en la alternancia PP-PSOE, con una moderación institucional desde la Corona, se resquebraja. Y partidos con mayor carga ideológica «radical», específicamente Izquierda Unida y UPyD, van llenando los huecos que el electorado de los dos «grandes» deja, según los sondeos -y la evidencia–, vacíos. El bipartidismo ha muerto, viva la incertidumbre.

El tema tiene mucha mayor importancia de lo que parece, si es que admitimos que los millones de votos que estaban «cautivos» en poder de socialistas y «populares» han ido a parar a tierra de nadie, y muchos de ellos se dirigen hacia formaciones sin experiencia de gobierno y con programas que podrían considerarse, a priori, de difícil cumplimiento sin un choque serio con poderes institucionales. Podríamos hablar de otros muchos ejemplos europeos, desde la Italia simplemente ingobernable hasta la Francia donde Marine Le Pen se ha convertido en la nueva Juana de Arco. O la Gran Bretaña donde el nuevo Partido por la Independencia (UKIP) pone en jaque a laboristas y, sobre todo, a conservadores. Las formaciones tradicionales han dejado de imponer sus leyes y costumbres, probablemente porque estas se corresponden con una era que ya no volverá ni para las propuestas, ni para las concepciones, ni para el diseño de soluciones.

Confieso que el cambo que viene, aunque lo considero necesario e inevitable, me da miedo; desde luego, no comulgo, aunque teóricamente a veces no queda otro remedio que simpatizar con ellos, con los movimientos más o menos anarquistas y, en otro plano, no acabo de entender ni las premisas de las formaciones nacionalistas (no me corresponde; el nacionalismo es un estado de espíritu y yo no me siento instalado en él) ni muchos de los postulados de formaciones como IU o UPyD, quizá porque, lógicamente, carecen de un programa de gobierno cerrado y mucho lo fían a la crítica a la por otra parte desastrosa actuación de sus «mayores».

Esta crítica, en Europa, ha propiciado (y conste que para nada –para nada– hablo aquí de siglas como IU o UPyD, que están inscritos, aunque sea a su manera, en el «status quo») el surgimiento de partidos «piratas», de grupos antisistema, extremistas hacia uno u otro lado, insolidarios con la inmigración y puede que un punto racistas, si se considera un extremo, o claramente anarquistas, si nos vamos al otro. Desde luego, la vieja Europa, tal y como la concebimos, no puede estar regida por formaciones nacidas de la frustración colectiva con los grandes partidos, impulsadas por las tesis más extremas y que buscan hacer tabla rasa de lo existente, o al menos eso es lo que dicen mientras se encuentran en el confortable alojamiento ideológico de la oposición: son partidos o grupos que son esenciales para la crítica a los «grandes», pero que de ninguna manera, en mi opinión, están aún preparados para sustituir a esos «grandes» en las tareas de la gobernación de millones de ciudadanos.

En España, el ascenso de IU, la coalición que aglutina sobre todo el Partido Comunista, y de UPyD, un partido que responde sobre todo al carisma populista de su lideresa, Rosa Díez –bien apoyada por cuadros interesantes–, significa sin lugar a dudas que el electorado del PSOE, que fue el partido que se «merendó» al hasta entonces pujante en la clandestinidad Partido Comunista, vuelve sus ojos hacia las viejas soluciones, y que los votantes del PP, hartos de indefiniciones y de falta de propuestas ilusionantes, buscan una salida más «radical» que la que representa un programa electoral incumplido a fondo. Los demás, ya se sabe, pasan a engrosar las filas de los «indignados» que se manifiestan a la menor ocasión, o de los «pasotas», a los que va a costar recuperar para que acudan a unas urnas de las que han abdicado.

¿Es todo ello una consecuencia de la crisis económica? Claro que no, en mi opinión. La crisis es política, y de enorme calado; los partidos, a su paso por el Gobierno o por la cómoda poltrona de la oposición, han descuidado su formación teórica, su moralidad práctica, su ética pública y su estética privada. Han olvidado que existe la gente, esa maravillosa gente que anda por las calles y de cuyos impuestos y votos vive la casta política, han dejado de darle la mano excepto en los mítines electorales y de convivir con ella en los restaurantes de menos de cuatro tenedores.

Si hay crisis, será, sobre todo, de valores y de ideas: que no culpen exclusivamente a los recortes económicos de su enorme pérdida de popularidad. Estoy seguro de que los españoles, los europeos, serían capaces de afrontar el «sangre, sudor, lágrimas y esfuerzo» si se les hubiese presentado con la verdad por delante, sin maquillajes ni trampas y proponiendo un nuevo estilo de gobernar, mucho más participativo. Pero eso no se ha hecho. Que no lloren ahora por lo que gritan sondeos como el que este viernes se hace público por el CIS. Se lo merecen, tal vez nos lo merecemos todos, en el grado en el que hayamos sido cómplices de haber llegado hasta donde hemos llegado .

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