Al margen – Las mediaciones reales


MADRID, 31 (OTR/PRESS)

Es verdad que las «mediaciones» supuestamente efectuadas por el rey y la reina en favor de su yerno, Iñaki Urdangarin, podrían inscribirse en el ámbito de los apoyos y los enchufes familiares, pero no lo es menos que el resto de los españoles, salvo algunos, podrían percibir esas gestiones, y sus resultados, como una nueva prueba de que ese manto protector rebasa lo admisible en las actuales circunstancias del país y en las del propio ex-jugador de balonmano y ex-criatura sin ánimo de lucro. Conseguirle un jeque árabe como inquilino de deslumbrante longanimidad para su casa de Pedralbes, pagándole mensualidades a un precio muy superior al del mercado, o colocarle de alto ejecutivo en Londres, en la empresa de un sobrino, son cosas que pueden entenderse en unos suegros, bien que a condición de poder permitirse esos lujos, y más en unos padres, pues lo son de la que ligó su destino a Urdangarin en todos los sentidos, pero no tanto en los reyes de un país cuyos habitantes, la mayoría, sufren el desamparo institucional y la miseria.

La cosa tendría un pase si los reyes tuvieran desdoblada la personalidad y pudieran, apretándose un imaginario botón, transformarse de suegros a reyes sin que esas condiciones interfirieran la una en la otra. Pero sólo tienen una, una personalidad, bueno, dos, una el rey y otra la reina, de suerte que si no «median» para que el Gobierno no toque las pensiones, o no suprima las ayudas a la dependencia, o no recorte en Educación y Sanidad, o ataje la brutal ola de desahucios, o devuelva sus ahorros a los estafados por las Preferentes, tampoco «medien» para premiar a quien presuntamente sustrajo tanto del dinero público que sería tan útil hoy a la gente en apuros y que, por ello, podría recibir una sanción judicial de hasta 17 años a la sombra.

La Transparencia no se instituye con una ley, y mucho menos con una ley sin efectos retroactivos. Es, más bien, el efecto natural y espontáneo de una actitud, de una ética, de una cultura, de un compromiso moral, de una ejemplaridad. Las madres son madres, los padres son padres y los suegros son suegros. Y España debiera, así mismo, ser un país.

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