La semana política que empieza – Los ex siempre llaman dos veces (al menos).


MADRID, 02 (OTR/PRESS)

Es, sin duda, porque los políticos que ocupan las primeras filas del poder hacen dejación de su protagonismo, o porque, simplemente, interesan menos a la gente; el caso es que vivimos días en los que los que fueron, son los que están. Vamos, que retornan los ex a ocupar lugares de preeminencia en los titulares, acaso porque lo que dicen, ahora que no gobiernan, suena mejor y más atractivo que las prédicas de quienes están en el machito. Aunque esas prédicas incluyan promesas de un futuro más rosado o, como hizo Rajoy el sábado en el foro de Sitges, vaticinios de que las cifras del paro serán mejores ya este mismísimo martes: hemos oído tantas cosas, tan dispares y tan contradictorias, que ahora ya nada nos impresiona.

Lo bueno, por un lado, es que quienes tienen experiencia en transitar caminos de gobierno la aportan para tratar de esclarecer los negros vericuetos en los que, pese a tanta promesa incumplida, andamos; pero, por otra parte, lo malo es que los ex no significan precisamente esa renovación que estamos necesitando, por mucho que ellos sigan empeñándose -esta semana que comienza habrá más– en presentarse como referentes morales ante el abismo de la catástrofe.

Caras nuevas es lo que se pide. Que no es el caso ni de José María Aznar tonante, ni el de Felipe González al fin dialogante –¿habrá olvidado ya su instalación en la «vendetta» permanente?–, ni el de Zapatero silente, ni el de Alfonso Guerra escribiente, ni el de Bono parlante, ni el Piqué intrigante. Todos ellos pueden contarnos su memoria y sus memorias, ofrecer sus consejos, pedir más reformas o lanzar sus advertencias. Pero ninguno de ellos, téngalo el amable lector por cierto, volverá. Porque lo que me parece que pide el país son caras nuevas, no más de lo mismo. Mal hace Rajoy limitándose a recibir en La Moncloa a los ex -a González, a Zapatero, a Aznar a regañadientes– y no, en cambio, a ese Alfredo Pérez Rubalcaba que está, sospecho que como el propio Rajoy, a punto de ser otro ex, pero que es ahora el único que lanza propuestas concretas para desbloquear la situación; me dicen, por cierto, que ambos, Rajoy y Rubalcaba se encontrarán pronto, y no de esa manera clandestina que tanto apetece a nuestra clase política. Menos mal. Los dos están hartos de leer las entrañas de las encuestas que les condenan y saben que tendrán que llegar a algún tipo de pacto, que es lo que tantos veteranos que en su día no lo hicieron ahora aconsejan.

Pero ya digo: estos veteranos, que en su momento, cuando mandaban ellos, tan seguros estaban de «sus» recetas, y que predican hoy cosas diferentes a las que ellos hicieron, o que revelan lo que entonces no revelaron, ya no sirven para retornar a la primera línea. Las soluciones más válidas que nos vienen llegan de la mano de esos colectivos que se mueven en los ámbitos profesionales, fuera de la política, y que reclaman desde cambios en la Constitución ya hasta una nueva ley de partidos, pasando por cuestiones más puntuales, como un nuevo tratamiento a los desahucios, a la sanidad, a la educación. Espero que nadie me malinterprete: claro que pienso que los partidos políticos siguen sirviendo; de lo que no estoy seguro es de que estos partidos, con algunas de estas gentes al frente, colmen ya las ansias democráticas de la ciudadanía. Y menos aún cuando les apremia el acoso regeneracionista de quienes, cuando pudieron cambiar de verdad las cosas, no lo hicieron. Suena, la verdad, a algo así como la falsa moneda.

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