Francisco Muro de Iscar – ONCE, setenta y cinco años.


MADRID, 09 (OTR/PRESS)

Hay organizaciones que si no existieran tendrían que ser inventadas urgentemente. Algunas han nacido entre nosotros y son más reconocidas internacionalmente que en casa; otras son universales, pero todas tienen en España y en este momento actual, una trascendencia fundamental.

Quien escucha hablar de la Organización Nacional de Trasplantes sabe que es una organización modélica copiada en medio mundo que ha salvado miles de vidas y que sigue siendo la última esperanza de sobrevivir para muchas personas. Cáritas es hoy el refugio, la solidaridad, la salvación de millones de ciudadanos que la sociedad ha expulsado del mercado laboral y ha condenado a la exclusión social. La Justicia Gratuita y el Turno de Oficio, con todos los impagos, los problemas, los recortes y las amenazas siguen siendo la última posibilidad de conseguir justicia, un bien escaso pero imprescindible para la paz social, que prestan 39.000 abogados y 83 Colegios de Abogados 24 horas al día, 365 días al año en cualquier lugar de España. En esa lista está, en puestos de honor, una organización nacida en 1938 en Cataluña, que ha sido luz para cientos de miles de ciudadanos ciegos o discapacitados. No sólo les ha ayudado a poder sobrevivir, a ser autónomos, les ha permitido acceder a la educación, a la lectura y hacer una vida prácticamente normal, sino que les ha dado trabajo y dignidad.

La ONCE que ahora cumple su 75 aniversario, celebró el 60 cumpleaños con una caravana que realizó más de veinte mil revisiones de la vista por toda España y que certificó algo que sólo se consigue por el trabajo bien hecho: la credibilidad, la confianza. Muchas personas se ponían a la cola para entrar en aquel autobús-consulta de oftalmólogos y optometristas porque, decían «de la ONCE me fío». Alguien la calificó como «la mejor campaña sobre el cupón, sin hablar del cupón». La ONCE es mucho más que el cupón, porque éste es sólo un instrumento, uno de los más populares, para la inclusión social, educativa y laboral de todo un colectivo que en otros países sigue marginado y excluido.

Durante setenta y cinco años, la ONCE ha amasado un capital de credibilidad, pero, sobre todo, de integración, de servicios, de empleo. De dignidad. Ha pasado de pedir a dar: hoy ofrece empleo estable a 136.000 personas con discapacidad visual o física -4.000 nuevos empleos en este sector sólo en 2012- y miles de especialistas en cientos de centros prestan servicios de enorme valor añadido a muchos miles más.

Además, ha sabido transmitirnos que, detrás de cada vendedor del cupón, hay una persona que merece, que necesita nuestro reconocimiento. Aunque la ONCE no necesita premios -el mayor es que millones de españoles sigan comprando el cupón para que pueda seguir ejerciendo su función- merece un reconocimiento social permanente y algo más. Se merece, como ya lo tienen Caritas o la ONT, un Premio Príncipe de Asturias de la Concordia, el Nobel de la solidaridad.

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