No te va a gustar – Aló, presidente Obama?


MADRID, 10 (OTR/PRESS)

Siempre me declaré admirador de Obama. Admirador crítico, pero al fin casi un «fan» de los nuevos aires que habían entrado en la Casa Blanca. Ocurre que nadie sobrevive a su reelección, sin embargo; descubrimos a un Obama espiando a la prensa, persiguiendo más allá de lo razonable al soldado Bradley Manning, el hombre que ayudó a Julian Assange a filtrar documentos en lo que se conoce como «caso Wikileaks»… y ahora Obama se nos revela como la persona que continuó la política de espionajes telefónicos masivos que instaurara aquel George Bush II de infausta memoria. Mal asunto.

Primero, fue Obama contra Julian Assange, a quien se acusa de cosas que resulta dudoso que cometiera, violaciones incluidas. Después fue Obama -y toda la Administración americana, casi nada- contra el soldado Manning, para quien se piden penas dignas de un asesino múltiple, cosa que, obviamente, él no es. Ahora, el caso se llama Obama -y todo el poderío estadounidense, ahí queda eso- versus un tal Edward Snowden, un joven informático que confiesa, en un acto de rebeldía pleno sin duda de valor, ser el autor de las filtraciones sobre los programas de vigilancia masiva que llevaba a cabo el Gobierno de EE.UU. «No puedo dejar que el Gobierno (norteamericano) destruya las libertades», ha dicho Snowden, un joven con cara de no haber matado una mosca en su vida. Veremos qué ocurre en el pulso entre el hombre más poderoso del mundo -puesto que a él, a Obama, se le achacan personalmente estas decisiones- y tres individuos sin duda molestos, pero ataviados con las solas armas de su presunto, y yo creo que real, idealismo.

Me parece increíble que alguien como Obama, que tanto nos ilusionó a tantos, ni haya sido capaz de acabar del todo con la vergüenza de Guantánamo, ni haya clausurado el programa PRISM -que accede sin justificación a nueve de los servicios de Internet más importantes del país–, ni se haya resignado a asumir las revelaciones de Wikileaks, ni haya asumido que la libertad es aún más importante que la seguridad, si es que de eso se trata.

Lo digo desde una nación, esta España nuestra, permanentemente sometida al «gran hermano» del Estado, y donde han saltado escándalos de espionaje, oficial u oficioso, público y/o privado, que resultan intolerables para cualquiera que no tenga, como por desgracia muchos tienen, el ánima anestesiada por la frecuencia de los pisotones a la libertad de expresión y a la intimidad, que es uno de los máximos bienes a los que puede aspirar una persona, tras la vida y la integridad física. Pues ¿no se nos amenaza ahora a los españoles con autorizar «troyanos» que invadan más o menos a placer -ya, con cautelas judiciales, dicen- los ordenadores «sospechosos»? ¿Quién define qué es «sospechoso» en un país donde el Rey, los propios ministros, y hasta el presidente del Real Madrid fueron sometidos a escuchas telefónicas incontroladas?

Pues eso: que a mi admirado presidente Obama ya no volveré a reirle las gracias cuando se reúna, tan de smoking, en la desenfadada cena anual con los corresponsales en Washington. Porque es un mal ejemplo para los obamitas que anidan por aquí, entre otras cosas.

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