El espía que llegó al frío

Putin no ha resuelto enigma alguno. El presidente ruso conocía desde el domingo el paradero del ‘topo’ Snowden y ha jugado al ratón y el gato con Obama, actividad a la que es aficionado desde la Guerra Fría, cuando operaba en Alemania Oriental como agente del KGB.

Con la eclosión del capitalismo en lo que antes fue la URSS ha mejorado Sheremetiévo, pero no le envidio la suerte a Snowden. No creo que esté disfrutando del aeropuerto.

En diciembre de 1991, pasé una semana atrapado como mi amigo Igor Mihalev en la zona de tránsito internacional, esperando para encaramarnos a un avión con destino al Cáucaso y fue una experiencia espantosa.

Dice el presidente ruso que no despachará al traidor hacia Washington, porque Rusia no tiene tratado de extradición con EEUU: “Puede comprar un billete de avión y marcharse donde quiera”.

Se aferra Putin a la legalidad y me choca, porque se la pone por montera siempre que le conviene.

En este vodevil, al Kremlin y los operadores de la NKVD, que es como se llama ahora la KGB, lo que les importa es dejar patente que Rusia sigue siendo poderosa y poner a la Casa Blanca y a sus rivales de la CIA en un brete.

No creo que ninguno de ellos piense que tipos como Snowden, Manning o Assange son héroes que se arriesgan por el bien de la humanidad.

Tampoco que si le llegan a hacer a la NKVD la pifia que el informático hecho a la CIA, hubieran dudado un instante en pegarle un tiro.

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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