Francisco Muro de Iscar – El contrato de los estudiantes.


MADRID, 25 (OTR/PRESS)

Parece que el ministro Wert va a perder otra batalla, la de las becas, bajo la presión de sus propios compañeros de partido. No sé cómo lo hace, pero se mete en todos los jardines y siempre acaban pisándole el huerto y dejándolo como una finca de secano. Y, sin embargo, si hay una reforma urgente, imprescindible, inaplazable es la de la educación para que, como decía Alfonso Guerra, no la conozca ni la madre que la parió.

Wert, que es un dechado de inoportunidad en lo accesorio, había propuesto que para mantener una beca en la Universidad, el alumno debería sacar un 6,5 de nota. Tal como está el nivel de exigencia en la selectividad -que aprueban un 95 por ciento-, la continua rebaja de exigencias para que los alumnos aprueben, exigir un 6,5 es, desde mi punto de vista, un requisito suave. Si alguien asiste a clase todos los días, estudia un poco y hace los trabajos que le piden, el 6,5 está chupado. A pesar de todo, la media para terminar una carrera universitaria de cuatro años, es de seis u ocho.

En la Universidad hay dos tipos de alumnos: los que están becados al 100 por cien y los que «sólo» lo están al 80 por ciento -todos los demás-. Ese nivel educativo, al que sólo deberían acceder los que se lo hubieran ganado con su esfuerzo y sus notas, está financiado por todos los ciudadanos, tanto los que tienen hijos en la Universidad como los que no. El ministro dijo que «no les pagamos los estudios, les pagamos por estudiar» y se desató Troya. Troya es la sacrosanta igualdad de oportunidades, el derecho de los hijos de los obreros a ir a la Universidad, la expulsión de los pobres de la sabiduría* Pura demagogia.

En lo único que estoy de acuerdo con los que se oponen a la medida de Wert es a que esa nota de 6,5 no se extienda a todos los universitarios. Hay que exigirles que rentabilicen estudiando la inversión que hace la sociedad. Porque no puede ser una inversión a fondo perdido cuando millones de ciudadanos están sin trabajo o les echan de su vivienda. Yo estoy a favor de que no permanezca en la Universidad ningún hijo de rico que no apruebe los cursos en un plazo razonable. Defiendo a muerte que ni una sola persona con capacidad, que se esfuerce, no vaya a la Universidad aunque sea el más pobre de España. Pero todos deben ganarse lo que se les da. El acceso a la educación es un derecho fundamental. Pero tan exigible como ese derecho es el deber de estudiar. Cuando los estudiantes acceden a los distintos niveles educativos deberían firmar un contrato con la sociedad en el que se les explicara que estudiar es un derecho que tiene obligaciones ineludibles. Un derecho, un privilegio y un deber que nos podemos dar simplemente porque hemos nacido aquí y no doscientos kilómetros más abajo.

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