Carlos Carnicero – Wert, el destroyer, solo acierta cuando se rectifica.


MADRID, 27 (OTR/PRESS)

Wert ha llegado al final del camino, pero no se conoce la fecha de su deserción. Intuyo que su naturaleza radica en la soberbia de creer que es el más listo, el más ingenioso y el más brillante. Ha sido derrotado por la sociedad y por su propio partido. Las encuestas son tozudas en suspenderle, de forma que no da ni de lejos la nota exigida para ser miembro del Gobierno. Se le ha acabado la beca para gobernar.

Ha realizado muchas declaraciones sorprendentes. La más notable es: «a veces me sorprendo por cosas que digo». Una confesión de incontinencia verbal y de pensamiento contradictorio. Lo único que es para nota es que no aprenda a pensar antes de hablar.

El incendio de Cataluña se atizó con sus intenciones de «españolizar» el territorio; su apuesta por la cultura se sintetiza en el IVA al 21 por ciento. Y podríamos añadir muchas más cosas, pero la perla negra es que la asignatura de religión cuente para la media académica como cualquier otra. Solo hubiera faltado «formación del espíritu nacional». No le va a dar tiempo.

José Ignacio Wert ha tenido una derrota de la magnitud de la que sufrió Napoleón en Waterloo. La rectificación de la nota media para las becas solo se puede compensar con su dimisión o su cese.

Pero lo más grave es la confesión intelectual de un elitista que no entiende el principio constitucional de igualdad de los españoles. Su concepción de las becas radica en los viejos principios de caridad de los roperos parroquiales. A los pobres, si quieren salir de su agujero, según Wert, hay que exigirles un rendimiento superior a los demás estudiantes. Si quien puede pagar la matrícula, solo necesita una calificación de cinco, los pobres deberían rendir 6,5. Ahora volvemos al 5,5, que sigue siendo discriminatorio, pero menos.

Toda la enseñanza superior está subvencionada. Según las carreras, lo que pagan los alumnos cubre ente el veinte y el treinta por ciento del coste de su plaza. El resto lo pagamos todos los españoles, incluso quienes no pueden llevar a sus hijos a la universidad, a través de nuestros impuestos.

Lo que se discute es si los que no tienen recursos deber ser ayudados como un derecho constitucional por ese diferencial del veinte o treinta por ciento. Y a Wert le hubiera gustado que no hubieran podido ir a la universidad los pobres que solo sacaran un aprobado, que es suficiente para todos los demás.

Con José Ignacio Wert ha pasado lo mismo que con Alberto Ruiz Gallardón. Durante mucho tiempo, estuvieron al abrigo de un grupo de comunicación que pretendía el monopolio del pensamiento progresista. Los dos, cuando llegaron a su cima de poder, el Gobierno, se quitaron el ropaje de demócratas progresistas y se pusieron el uniforme de destrucción de la igualdad y del estado del bienestar. Su excusa es la supuesta meritocracia que encubre un elitismo censitario.

Hay que agradecer a Wert, y también a Gallardón, que hayan sido tan didácticos en la explicación a los ciudadanos de las intenciones encubiertas del Gobierno de Rajoy. Están aprovechando la crisis para implantar un modelo ideológico que facilitará, todavía más el aumento de las desigualdades. Es una pena que dimita o que lo cesen, porque es un factor importante para que el PP toque suelo en las encuestas. Todavía falta bastante.

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