Francisco Muro de Iscar – La privacidad ha muerto.


MADRID, 30 (OTR/PRESS)

La información es poder. La transparencia es, al menos, una pequeña defensa para los ciudadanos. Hagan lo que hagan los que trafican con la información, los que se convierten en el «Gran Hermano», los que se apoderan de los secretos más íntimos de cualquier ciudadano en países democráticos acabarán siendo descubiertos. En las dictaduras, también, pero pasan tantos años que, muchas veces, el daño es aún más irreparable. Primero fue Julian Assange, ahora Edward Snowden, mañana habrá más. Los Gobiernos no sólo son opacos con sus actividades ante los ciudadanos que les eligen y les pagan, sino que se dedican a espiar todo y a todos, incluso a sus aliados, y obtienen de forma ilegal, sin autorización una información privada, por medios lícitos e ilícitos, que otorga a unos pocos un poder casi ilimitado sobre todos los demás.

El escándalo del espionaje masivo de la Agencia de Seguridad de Estados Unidos (NSA) a la Unión Europea y a la ONU es el último escándalo. Por ahora. Los nuevos espías norteamericanos -pero no sólo ellos- almacenan mensualmente centenares de millones de datos en comunicaciones telefónicas o por internet que son analizados, desmenuzados y utilizados. ¿Por quién y para qué? Todo lo que hacemos, lo que decimos, lo que compramos, nuestras cuentas bancarias, nuestros correos electrónicos están al alcance de unos pocos. Y esos pocos son los Gobiernos más poderosos de la tierra: Pero hay otros que también tienen acceso a esos datos, que pueden filtrarlos, que pueden venderlos. Para denunciar el delito o para aprovecharse de él.

Dos cosas deberían aprender los Gobiernos: no hay secretos posibles, toda la información que poseen puede ser descubierta por algunos y transmitida a cualquiera. Pero además, que la información es de los ciudadanos, no de sus gobernantes y que aquellos son los únicos que tienen ese derecho de forma legal. Sólo la transparencia evitará el rentable y peligrosos comercio de los datos. Se acabó la impunidad, el uso indebido de informaciones, la ocultación de todo lo que se hace ilegalmente. Están al descubierto. Pero como también lo estamos nosotros, que cedemos casi toda nuestra información, debemos exigir que ese uso de la información esté adecuadamente regulado.

Internet ha cambiado todas nuestras normas. Los más jóvenes cuelgan en la red informaciones, fotografías, datos que quedan ahí para siempre. Tal vez mañana se arrepientan sin remedio. Como no hay marcha atrás, habrá que regular este asunto sin permitir que siga predominando la cultura de la opacidad frente a la de la transparencia, pero donde los derechos individuales, el derecho a la intimidad y al honor sigan siendo defendidos. Nos han puesto frente a un espejo que registra todo lo que hacemos y lo pone al alcance de casi todos. La privacidad ha muerto. Los amigos nos espían y los enemigos nos desnudan y nos exhiben. Hay que abrir un debate sobre las ventajas y los límites de este Gran Hermano instalado definitivamente entre nosotros.

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