No te va a gustar – ¿Recuerda usted aquel Obama al que admirábamos?


MADRID, 01 (OTR/PRESS)

Nos dicen los cronistas que beben de la Casa Blanca que Obama se mostró «muy conmovido» tras visitar la celda en la que estuvo Mandela preso dieciocho años. El presidente norteamericano está sacando no poco rendimiento de imagen a su visita a Africa, eso es verdad. Pero no menos cierto es que nada puede compararse al desgaste que está sufriendo debido a las revelaciones de Edward Snowden; unas revelaciones que han puesto en pie de guerra a media Europa, que se siente espiada por los Estados Unidos, y al resto del mundo, escandalizado ante el espionaje masivo, que afecta a millones de comunicaciones.

Poco puede hacer ahora Washington, ante un escándalo que sigue a los de Wikileaks, al de la vigilancia ilegal de periodistas y a otros varios que afectan a la «pureza democrática» de la que sin duda es la patria de las libertades. Poco puede hacer la Administración Obama… excepto rectificar. Y parece que no va a ser así.

Confieso que asistí alborozado a la victoria electoral de Barack Obama. No porque fuese más o menos de izquierdas que su oponente -hace tiempo que dejé de creer en estas clasificaciones tan tópicas–, sino porque era diferente: no era un wasp (blanco, anglosajón, protestante y… rico, que era el prototipo del político triunfador norteamericano hasta que él llegó a la Casa Blanca). Era un producto de la inmigración. Y venía con ideas frescas. Sus primeras batallas contra la intransigencia del Tea Party me resultaron emocionantes. Luego comprobé que ni podía acabar con Guantánamo -tal vez tampoco quería-, ni instauraba toda la transparencia que la lucha contra el terrorismo necesita: la muerte de Bin Laden, a mi parecer tan cuajada de puntos oscuros, fue un buen ejemplo de manipulación, que me parece que no necesita más comentarios.

Pienso que gentes como Julian Assange, el soldado Manning o Edward Snowden han prestado un servicio a la democracia de un país al que yo quiero seguir admirando, y hasta están prestando un servicio a un presidente al que ya no podré admirar más, porque están descubriendo su verdadero rostro; tratar de encerrar al fundador de Wikileaks en una trampa como la que le tendieron en Suecia, haciéndole aparecer como un violador, me parece incluso hasta primitivo. Encarcelar de por vida a Manning o perseguir por medio mundo a Snowden, bajo acusaciones de traición, es simplemente patético. Al final, tres individuos, sin más poder que la información acumulada, están arrinconando al país y al hombre más poderosos del mundo. No son las revelaciones de los citados, sino los errores de Obama y de una Administración demasiado acostumbrada a ser prepotente, lo que pone en riesgo la seguridad de Occidente, que es lo que alegan quienes, en realidad, ven en peligro su supremacía comercial -que es para lo que de verdad se espía–. Porque, al final, lo que esta vigilancia del Gran Hermano pone en riesgo de verdad es la intimidad y hasta la seguridad del ciudadano común, como usted o como yo.

Sé que lo que digo es polémico, pero, mientras no se me demuestre lo contrario, creo que las tres víctimas del sistema a las que me refiero han actuado de buena fe, movidos por ideales elevados, y merecen más bien homenajes por haber descubierto la ignominia que encierros por una traición que yo no veo por parte alguna. ¿Qué le ha ocurrido a Obama, el hombre a quien tanto admiré?

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