Carlos Carnicero – El ejemplo egipcio.


MADRID, 06 (OTR/PRESS)

Empecemos por lo más importante: lo ocurrido en Egipto es un golpe militar en toda regla. Y a partir de esta aseveración, los matices que se quieran introducir tienen un componente peligroso. Si justifican el golpe, se establece un precedente de irrupción del poder militar en un régimen legítimo.

La esencia y los componentes de un golpe de Estado son de naturaleza permanente. Se invoca que el gobierno legítimo ha incumplido sus compromisos y que una parte significativa de la población, disconforme con el gobierno salido de las urnas, está descontenta y aplaude la intervención militar. El desorden público y la pérdida del control de la situación, es otro de los componentes para justificar un golpe.

Analicemos el escenario.

Las masivas protestas contra el presidente Mohamed Morsi se centraban en que éste había incumplido sus compromisos electorales, que no había sido capaz de encauzar la situación económica y que el paro y la pobreza se habían extendido. Se le acusaba de haber extendido el poder de los Hermanos Musulmanes y una deriva hacia el islamismo en la sociedad egipcia.

Su falta de compromiso electoral es homologable a lo que sucede en muchos países. Obama no ha cerrado, siquiera, la Base de Guantánamo. Mariano Rajoy ha justificado no solo haber incumplido sus compromisos, sino además hacer las políticas contrarias a lo prometido, en el «cumplimento del deber».

¿Es lícito y legítimo derrocar un gobierno que no cumple sus promesas electorales? Ojo con la respuesta, porque crea un precedente. Y cuidado con jugar con la identificación o contraposición con el gobierno derrocado. Si Morsi significaba el peligro de una extensión islamista en Egipto, solo se le podría parar con la declaración judicial, constitucional y legal de la ilegalidad de los Hermanos Musulmanes. Pero el considerarlos «peligrosos» no es una justificación ni un atenuante del golpe de estado. ¿Eran «peligrosos» los socialistas y los comunistas en el Chile de Allende? ¿Era peligroso Hugo Chávez como para justificar y apoyar un golpe de estado contra él, como hizo el Gobierno de José María Aznar y un medio de comunicación emblemático para la progresía española?

Mohamed Morsi apenas ha podido completar un año en la presidencia de la República. En la Constitución de ese país, hoy suspendida por los militares, existen los mecanismos jurídicos para combatir las decisiones de Gobierno que se consideren contrarias a la ley.

Naturalmente, quienes justifican el golpe dirán que Mohamed Morsi estaba vulnerando el ordenamiento jurídico. Pero para estaban los tribunales egipcios.

Comparto la preocupación de quienes consideran un retroceso y un ataque a la modernidad las posiciones de los Hermanos Musulmanes. Pero aceptar las reglas de la democracia exige aceptar también que pueden ganar quienes más creemos que nos perjudican.

No hay diferencia esencial entre el golpe en Egipto del que ocurrió en Chile contra Salvador Allende o en España contra el gobierno legítimo de la República, con el llevado a cabo por los militares egipcios.

Ahora viene la segunda parte de todo golpe de estado. La represión ya ha comenzado y su intensidad dependerá de la resistencia que opongan quienes por cualquier razón defiendan al presidente destituido. Como indica el manual, se han cerrado los medios de comunicación que se consideraban «peligrosos». La primavera de Egipto vuelve a ser una primavera militar.

No me resisto a hacer una comparación que seguro que será polémica. ¿El incumplimiento reiterado de las promesas electorales de Rajoy legitiman las pacíficas manifestaciones de protesta contra él? ¿Si las protestas fueran tan importantes y significativas como para demostrar, como lo hacen las encuestas, que una mayoría de la población repudia las política de Rajoy, podrían llegar a justificar una intervención armada contra el gobierno de España? Naturalmente nunca podría aceptar un intento de derrocar al gobierno legítimo de España.

No me valen las posiciones de quienes aludirán al «fatalismo geográfico» para buscar diferencias en el golpe de Egipto con lo que pudiera ocurrir en otro país occidental. La interrupción de un régimen al que se considera democrático, esté donde esté, es un acto ilegal e ilegítimo. Buscar componendas para «entender» y aceptar lo ocurrido es abrir otra vez la puerta para justificar las asonadas militares al amparo de lo que se considere como una «situación insostenible».

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