Victoria Lafora – Patéticos políticos.


MADRID, 13 (OTR/PRESS)

Algo raro y fuerte debió meterse el portavoz en el Congreso del Partido Popular, Alfonso Alonso, para reaccionar como reaccionó el pasado jueves, acusando a todos y cada uno de los portavoces de la oposición de ser los «abogados» del «delincuente Bárcenas». Porque, si no, no se entiende la furibunda diatriba que espetó a diestro y siniestro este hombre, conocido como uno de los más ecuánimes y moderados del PP. No se entiende la impudicia con que trató de endosar al resto de los partidos unos pecados que, hoy por hoy, solo son del suyo.

Ver a una persona, educada y de trato amable como Alfonso Alonso, perder los papeles de esa inusual manera, crispado, destilando veneno con acusaciones estratégicas con las que cubrir el nefasto expediente que le tocaba defender, produce mucha tristeza.

No era momento para el arrebato; pero lo que se metió su señoría, sin la menor duda, fue una buena dosis de filibusterismo parlamentario. Es cierto que también produce mucha tristeza ver como los socialistas claman en Madrid y callan en Sevilla; exigen transparencia en el «caso Bárcenas» pero la impiden en el «caso de los ERE». A pesar de lo cual, las acusaciones del portavoz popular, tanto en el fondo como en la forma, no solo fueron extemporáneas sino que constituyeron una pésima estrategia, fiando la mejor defensa a un pobrísimo ataque de: «…Vosotros más».

La conclusión que saca la ciudadanía de episodios como este es, sin duda, la de que todos son iguales; que España, con la que está cayendo, no se merece unos políticos que solo sirven para producir porquería y aventarla.

Porque son esos políticos, los que se sientan en los escaños del Congreso de Diputados, quienes representan al resto, quienes les prestan la cara y el gesto y quienes contagian con su comportamiento a toda una clase.

Injusto pero inevitable.

Así, los políticos honestos, que son mayoría, los que trabajan día tras día en comunidades y ayuntamientos, dedicados vocacionalmente a la cosa pública, a servir a sus conciudadanos, quedan estigmatizados por esa minoría, importantísima pero minoría, que se mueve en política al ritmo que le marcan unos intereses bastardos y sectarios.

¿Qué ha sucedido en nuestro país para que la política haya sufrido esta abyecta deriva que sitúa a los políticos, encuesta tras encuesta, entre la clase peor valorada por la ciudadanía?

Por un lado, los partidos políticos se están convirtiendo en reductos donde sus integrantes se retroalimentan; se profesionalizan desde la base, desde las organizaciones juveniles, perdiendo el necesario contacto social que les de una visión real de los problemas, más allá de las fronteras de sus credos respectivos.

Por otro lado, los ciudadanos que hoy se indignan, tienen una clara tendencia a olvidar con premura y a tropezar una y otra vez con la misma piedra, dando de nuevo el voto a quienes en su día le defraudaron y que, sin duda, volverán a hacerlo.

Y, si no rompemos de una vez ese círculo vicioso, terminaremos por herir de muerte algo que ha costado tantísimo recuperar: la democracia.

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