La semana política que empieza – Helen Thomas y el «míster president» de turno.


MADRID, 21 (OTR/PRESS)

La muerte de Helen Thomas, la mítica periodista norteamericana que flageló con sus preguntas desde la sala de prensa de la Casa Blanca a una decena de presidentes, me ha hecho preguntarme por el papel que los periodistas estamos jugando en la crisis política que vivimos. Y también, sobre todo, ha provocado un aumento de mis inquietudes sobre el papel de los presidentes en estas crisis. En concreto, de este presidente que, aquí y ahora, tenemos en España, que allá los norteamericanos con el suyo, que ya se sabe que espía a los informadores propios y a medio mundo mundial.

Primero: los norteamericanos tienen una sala en la Casa Blanca a la que -a diferencia de lo que pasa en Moncloa_ acude con cierta regularidad el mismísimo presidente, para responder a preguntas no tasadas, ni limitadas, ni discriminadas en función del medio al que pertenece el informador que las haga. Y allá las evasivas, los silencios, no valen. Segundo: los periodistas en la Casa Blanca tienen una especie de estatuto especial que les impide pretender acaparar protagonismos y, menos aún, erigirse en salvadores de patria alguna. Tercero: los presidentes norteamericanos tienen a gala mantener contactos directos con la gente, y hasta compiten por ver quién resulta más gracioso y autocrítico en la famosa cena anual con los corresponsales en Washington. Aquí hasta se ha perdido la costumbre -bueno, nunca fue una costumbre demasiado arraigada, la verdad_ de que el presidente del Gobierno asista a la cena anual navideña de los informadores parlamentarios. Si bien se mira, es que hasta se ha perdido la costumbre de responder a los periodistas en los pasillos parlamentarios.

Me pregunto qué diablos estaría diciendo y escribiendo la vitriólica y temperamental Helen Thomas acerca de las «escapadas» que todos los días protagonizan ante los medios los políticos españoles más responsables de lo que pasa en el país. Y también me pregunto qué diría ante algunos accesos de protagonismo excesivo, de toma de partido sin matices, que resultan palpables en la sociedad mediática española. Thomas, que ha muerto a los 93 años, no dejó la Casa Blanca por cuestiones de edad, sino porque se creyó lo suficientemente importante como para dictaminar lo que debían hacer los judíos en Palestina: «largarse», dijo. Y le costó el puesto, no por ser de origen libanés, ni porque en Estados Unidos hablar de judíos es una cosa muy seria, sino porque se supone que un periodista no puede ordenar las fichas a su modo, sino simplemente contar y analizar lo que pasa. Una lección para los informadores que lo que quieren, en realidad, es suplantar a los parlamentarios, o a los banqueros, o a los entrenadores de futbol, dándoles a todos consejos, cuando no exigiéndoles determinados comportamientos.

Otra cosa es que los periodistas recojan lo que es el clamor nacional. La Thomas lo hizo con tres o cuatro presidentes. Que un periodista se niegue a escuchar y reflejar las voces que piden una comparecencia de Rajoy ante el Parlamento me parecería un dislate. No está, me parece, en su mejor momento el periodismo español, pero sigue siendo imprescindible para denunciar lo que hacen (o no hacen) quienes representan a la ciudadanía. Nunca ha sido más necesario ese «cuarto poder», que Montesquieu no plasmó, para frenar los excesos de los otros tres poderes, el Ejecutivo -que hay que ver cómo anda-, el Legislativo -al que resulta difícil ver cómo anda_ y el Judicial -que anda a pasos demasiado variados, por decirlo de manera suave-. Pero el «cuarto poder» no puede erigirse ni en el primero, ni en el segundo, ni en el tercero, ni en la suma de los otros tres.

Pienso que los periodistas españoles tenemos el deber de recordarles al presidente, a los ministros, a los burócratas de turno, al líder de la oposición y a sus palmeros, a los otros jefes y jefecillos políticos, cuál es su deber. Y nosotros mismos tendríamos que recordarnos cuáles son los nuestros. Y nuestros límites por definición. Me parece muy conveniente reflexionar sobre todo esto, ahora que se nos ha muerto la sin embargo entrañable, y tantas veces «castigada» por sus excesos, abuelita Helen, y cuando entramos en días de presumiblemente loco frenesí político. O eso es, al menos, lo que deberíamos esperar, porque nada hay peor, en estos momentos en los que quien dicta la marcha de la política es un preso de Soto del Real, que pretender que estamos en la calma de los cementerios, fiándolo todo al proverbial carácter olvidadizo de la opinión pública, tan veleta, piensan ellos.

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Lo más leído