Primavera, pirámides y momias

Son tantas, que ni siquiera provocan titulares. El caso más famoso fue el de la reportera de la CBS Lara Logan, agredida sexualmente y torturada por 200 facinerosos el 11 de febrero de 2011.

La última es una periodista holandesa, a la que rodeó un grupo de hombres en la Plaza Tahir y que ha sido ya evacuada a su país para que pueda recibir adecuada atención médica.

Y en el medio, centenares de mujeres, la mayor parte de ellas egipcias, violadas en medio de la multitud. La lista de Human Rights Watch es tan larga, que ni siquiera se mantiene al día: cinco el 28 de junio, 46 el domingo 30 de junio -la jornada de las manifestaciones más multitudinarias-, 17 el 1 de julio, 23 el 2 de julio…

Pasa lo mismo que con los cristianos. El sacerdote asesinado en el norte del Sinaí se llamaba Mina Abud Sharween, pero ignoramos los nombres de los coptos acribillados a tiros o reventados a palos en Luxor o Port Said.

Los analistas explican que la violencia sectaria es una reacción de los fanáticos islamistas a la ‘bendición’ que el Papa Teodoro II, líder espiritual de los 8 millones de coptos de Egipto, ha dado al golpe militar.

Teodoro fue una de las personalidad que posó junto al general Aldel Fatah al-Sisi, cuando el pasado 3 de julio anunció el derrocamiento del presidente Morsi, pero también estaban Al Baradei, el jeque de la Mezquita de Al-Azhar y hasta el líder del movimiento Tamarod.

No es necesario buscar explicaciones concretas a la barbarie. Lo que refleja es el estrepitoso y violento fracaso de lo que, con más ilusión que sensatez, se bautizó como la ‘Primavera Árabe’.

Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que el grito que parecía unir a los países musulmanes frente a la modernidad importada de Occidente y el despotismo de gobernantes como Mubarak, era “el Islam es la solución”. Lo que ha ocurrido en Egipto y antes de Túnez o Libia, nos lleva preguntarnos si el Islam no será el problema.

Quizá no sea él único, pero es uno de los ingredientes del embrollo. Son las masas, el pueblo en sentido estricto, el que, en nombre de la libertad, ha empujado al Ejército a dar un golpe de Estado contra un presidente que había ganado unas elecciones democráticas.

El problema de Morsi y de los Hermanos Musulmanes ha sido su manifiesta incapacidad para hacer frente a las dificultades económicas y su intento de imponer la feroz y anacrónica ley islámica a una sociedad más pluralista, ansiosa de libertad e indómita de lo que se creía.

Y una vez defraudada la esperanza, la única posibilidad de evitar el derramamiento de sangre es que los generales tomen otra vez las riendas. Un drama.

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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