Luis Del Val – Asimetrías.


MADRID, 25 (OTR/PRESS)

Un ciudadano con responsabilidades institucionales, reaccionó con indiscreto ardor, ante la pitada que en tierras catalanas le obsequiaron al Rey de España, y escribió en las redes una frase insultante para los habitantes de Cataluña. Inmediatamente fue destituido de su cargo, a pesar de que presentó sus disculpas en el mismo medio. La frase del ciudadano ha sido reproducida, pero de las que nadie se hizo eco fue de las frases que, en contestación al exabrupto, escribieron desde sectores presuntamente nacionalistas y donde parece que la opinión generalizada es que las madres de los españoles que no vivimos en Cataluña se dedicaron todas a la prostitución. Pero esta asimetría es leve, incluso excusable, porque ya está comprobado que la red es el refugio de los productores de regüeldos. Lo que llama la atención es que ningún dirigente político catalán mostrara alguna incomodidad ante la pitada, y, si en el acto todos pusieron cara de póquer para que nadie adivinara si la situación les producía pesar o satisfacción, con posterioridad no hubo ningún representante del gobierno regional que, aunque sólo fuera por mera cortesía, se lamentara de una falta de caballerosidad, de elegancia y de un exceso de grosería, vulgaridad e inconveniencia, que jamás he atisbado, ni en mi familia catalana, ni en mis amigos catalanes.

Otro sí, en caso de que unos ignorantes desabridos, llenaran de pintadas y rompieran cristales de la delegación de Cataluña en Madrid, estoy seguro que las autoridades madrileñas, tanto municipales como autonómicas, no tendrían empacho alguno en condenar una acción tan reprobable. Pues bien, las sedes de algunos partidos en Cataluña son frecuentemente atacadas, algunas por tercera o cuarta vez, sin que los representantes de los partidos nacionalistas, que se presumen que son demócratas y aborrecen la violencia, la coacción y la amenaza, hayan pronunciado una sola palabra de crítica, ni siquiera de fingido pesar por guardar las formas. Y es ese silencio rastrero y ominoso, egoísta y detestable, el que ofrece una oscura simetría, un desequilibrio en el que de una parte cae el egoísmo desconsiderado y, de la otra, la caballerosidad y la cortesía que Velázquez pintó en Las Lanzas en 1634, cuando España ya tenía casi siglo y medio de experiencia como nación.

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