Siete días trepidantes – Rajoy, como Nixon; Rosa Díez ¿Cómo Genscher?.


MADRID, 03 (OTR/PRESS)

Cualquiera puede ver cómo, día tras día, se alteran los fundamentos del mapa político español con respecto a hace apenas cuatro años. Tras la comparecencia de Mariano Rajoy en el Parlamento el pasado día 1, PP y PSOE siguen cayendo, imparables, en las encuestas, mientras Izquierda Unida y UPyD crecen, aparentemente también de manera inevitable. Los partidos nacionalistas se fortalecen en sus feudos y, de momento, no parece que otras formaciones, de centro o regionales, adquieran un peso sociológico suficiente. La figura política más valorada es la de Rosa Díez, implacable látigo del Gobierno, mientras que los socialistas, claramente fragmentados y con un líder en precario, comparan ya a Rajoy con aquel Richard Nixon tramposo y mentiroso que hubo de marcharse por la puerta pequeña tras el «affaire» de espionaje en el hotel Watergate. Un panorama de ingobernabilidad potencial se cierne sobre España tras las próximas elecciones, de continuar las cosas así.

Comprendo que es difícil, tras lo que hemos visto y, sobre todo, no visto, en el debate del pasado jueves ejercer un buen dominio de la nave: en cualquier caso, Rajoy sabía que las críticas interesadas iban a ser más que los aplausos dóciles, dijese lo que dijese. Pero al Partido Popular, que aún gana, a la baja, en las encuestas, no le queda más remedio que seguir liderando y vertebrando al país. ¿Con este inquilino de La Moncloa al que un setenta por ciento de los ciudadanos sondeados dice no creer cuando afirma su inocencia en el «caso Bárcenas»? Por supuesto: un vuelco en la presidencia del Gobierno, para colocar en una sesión de investidura a esa figura emergente y bastante bien valorada -dentro de los límites en los que la clase política española lo es_llamada Soraya Sáenz de Santamaría, supondría ahora un efecto exterior casi semejante, salvadas sean todas las comparaciones, al del descarrilamiento del tren en Santiago. Una catástrofe en la imagen de esa España que va perdiendo la marca. El difuminado Rajoy, desde luego, no es Nixon. Ni Berlusconi. Claro que no; dejémonos de exageraciones. Entiendo que debe seguir hasta el fin de la Legislatura -no más–. Pero tiene, desde luego, que ganárselo, hacer reformas políticas a fondo. Y de eso nada habló en su comparecencia.

Muchas veces he apostado por que ni Rajoy ni Rubalcaba competirán en las próximas elecciones generales. De las primarias del PSOE saldrá una figura respetada, más joven, con ideas frescas -yo prestaría especial atención a Eduardo Madina-; en el PP, aunque no haya aún síntomas claros, ha de producirse algún tipo de sacudida interna, porque son muchos los que esperaban más de Rajoy. Pero no una sacudida tal como para hacerle dimitir ahora, que es lo que pretenden en la oposición y en algunas tribunas mediáticas, pero no, me parece, ni los grandes intereses económicos ni los «rectores» europeos, que siguen viendo en él un principio de estabilidad inestable, pero estabilidad al fin. Luego, cuando 2015 se vaya acercando, ya veremos: lo cierto es que aquí hay una considerable «movida» política pendiente y, quiéralo o no nuestro representantes, muchas cosas van a cambiar.

¿Y las figuras emergentes? Rosa Díez, incontrolable, inesperada, con todas sus contradicciones y sus valores populares, es un acicate crítico importante y está rodeada de gentes sensatas que no tienen, empero, su carisma. Supongo que algunos de ellos querrán hacer de esta mujer sin duda valiente y no siempre reflexiva una especie de Genscher, aquel político liberal alemán que jugaba de «bisagra» entre los dos «grandes», los socialdemócratas y los democristianos. Pero España no es Alemania -aquí, el desgaste de los dos mayoritarios está siendo brutal–, ni Rubalcaba es Helmut Schmidt, ni Rajoy es Kohl… ni Rosa Díez es Genscher. Ojalá, en estos momentos de desgaste moral patrio, tuviésemos un Brandt, un Adenauer y, naturalmente, un Genscher. Y hasta una Merkel, que hizo la gran coalición. Ojalá las autonomías españolas funcionasen como los länder alemanes, y el papel del Estado central fuese el que se jugó con la reunificación de las dos alemanias a partir de 1989.

Pero nada de eso es así. Entre otras cosas, porque nadie se ha subido a la tribuna parlamentaria para proponerlo. No, tampoco Rosa Díez, ni Cayo Lara, ni ese parlamentario tan valioso que es Duran i Lleida, que a veces ofrece destellos de estadista para, a continuación, meter la pata en el saco de su aliado/enemigo Artur Mas. Y así comenzamos la etapa vacacional, con un Gobierno que necesita oxígeno -y remodelación-, una oposición que necesita vitaminas y una ciudadanía que, al parecer, solo aspira a que la dejen en paz. No, esto, ya digo, no es Alemania.

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