Fernando Jáuregui – Paisaje después de la batalla… en la Audiencia


MADRID, 15 (OTR/(PRESS)

Tras el paso, esta semana, de dos ex secretarios generales y de la actual secretaria general por el despacho del juez Pablo Ruz, que instruye el que llamamos «caso Bárcenas», tengo la impresión de que el paisaje se ha llenado de ciudadanos incrédulos, insatisfechos, más recelosos aún de lo que ya lo estaban antes de comenzar estas declaraciones, o antes de la comparecencia de Mariano Rajoy en el Parlamento, el pasado día 1. Poco se ha aclarado tras las manifestaciones de Alvarez Cascos, Javier Arenas y Cospedal ante el magistrado, y poco se despejó el negro horizonte tras la sesión plenaria de hace dos semanas en el Senado. Yo incluso diría que el lío se enmaraña aún más, y cualquier observador un poco atento guarda en su armario decenas de preguntas no respondidas de modo satisfactorio, ni en sede judicial ni en sede parlamentaria.

Aseguran quienes han hablado con Mariano Rajoy allá en las alturas de Pontevedra que el presidente está perfectamente tranquilo, y que habla casi a diario con sus colaboradores pero sin perder su afán de trotar, sudoroso, por los senderos. Entre esos colaboradores, mención especial merece la secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal. Que se ha llevado buena parte de los titulares de la semana con esa declaración ante Ruz -aunque yo creo que el contenido de lo dicho ante el juez por los tres comparecientes de esta semana no se está filtrando de manera muy exacta_en la que habría asegurado que el pacto para pagar y mantener los privilegios de Bárcenas fue cosa de Arenas y… Rajoy. Ya vendrán las precisiones, los desmentidos, los dimes y diretes, pero el caso es que la confusión aumenta y ello facilita que las peticiones de la oposición para que Rajoy dimita se recrudezcan.

El «caso Bárcenas» se va, indudablemente, a cobrar cabezas. No por responsabilidades penales, pero sí políticas. Es evidente -se haya o no reconocido ante el juez– que hubo descontrol en los pagos y en los cobros, y ningún secretario general de un partido puede alegar desconocimiento al respecto sin que le cueste un elevado precio político. Como Cascos ya no pertenece al PP, me parece urgente desvincular a Arenas de la vicesecretaría general -en la que, de todas maneras, dada su mala sintonía con Cospedal, no hace gran cosa_y permitirle que declare el fin de sus días políticos, que no han sido ni pocos ni exentos de controversia. Lo siguiente sería una ordenación urgente del equipo dirigente en Génova, a cuyo frente está una Cospedal que no puede apagar tantos fuegos simultáneos: o se mantiene en la secretaría general del PP o en la presidencia de la Junta de Castilla-La Mancha, consintiendo, en este caso, que su rival Soraya Sáenz de Santamaría entre a poner u poco de orden en la sede de la formación que, no lo olvidemos, sustenta al Gobierno de España.

Permitir que continúe esta sensación de «sálvese quien pueda», de descontrol en la sede de Génova, de odios cainitas y de «que cada palo aguante su vela» acabará disolviendo esta formación. Sí, por mucho que baje la prima de riesgo y suban los valores del Ibex, por mucho que las economías francesa y alemana tiren de la española, por mucho que empiecen a proliferar los trabajadores autónomos; puede que la economía ofrezca leves, muy leves, signos de mejora, pero la salud moral del país enfermo no ofrece síntomas de cura, sino de empeoramiento. Y los españoles, que de todas formas tampoco perciben en sus bolsillos los «brotes verdes», se resienten: mire usted, si no, el tono general de las encuestas que se han ido publicando estas semanas, y de las que sin duda se publicarán en los próximos días.

No sé si los acompañantes de Rajoy en sus agotadoras marchas por las rutas «de la piedra y el agua», ignoro si quienes pasan sus vacaciones cerca de Cospedal en Marbella, les han dicho ya que no se puede seguir gobernando el país así, por muy buena voluntad que ellos le pongan a la cosa -y yo creo y quiero creer que se la ponen–. No comparto las peticiones de los socialistas para que Rajoy dimita, y no, desde luego, porque la actitud del presidente me suscite entusiasmo alguno; es que pienso que su marcha, aunque fuese, supongamos, para ser sustituido por alguien tan valioso como Sáenz de Santamaría, sería nefasta ahora -ahora– para los intereses nacionales e internacionales de nuestro país, y otra cosa será cuando se aproximen las elecciones, ante las que el presidente me parece que tendrá difícil volver a ser candidato.

Pero sí estoy convencido de que, aunque no la de Rajoy, deben rodar algunas cabezas:, por muy mala voluntad que atribuyamos a las filtraciones-vendetta de Bárcenas, por mucho que cuestionemos sus «verdades», alguien tiene que pagar el pato para devolver un mínimo de confianza a la ciudadanía.

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