Andrés Aberasturi – Democracias impuestas


MADRID, 19 (OTR/PRESS)

No estoy muy seguro si ha sido una corresponsal en Egipto o en Bruselas; da igual. El caso es que explicando lo que pretende Europa, afirmaba el deseo de la Unión de que Egipto cumpliera la hoja de ruta y «volviera a la democracia». ¿Volviera? Esa es la cuestión que los occidentales no terminamos de entender y así nos va: no se puede volver a donde nunca se ha estado ni se puede imponer una democracia a golpe de bombardeo. Sobran los ejemplos y no hay más que contemplar el panorama de Irak o de Afganistán donde pierden la vida ahora más gente que durante la absurda pretensión a la que me refería antes: imponer la democracia -nuestra democracia- por la fuerza. Da miedo buscar datos fiables sobre el número de muertos en estos países después del intento de una democratización imposible.

Está pasando en Siria y en Egipto, la historia se repite. Y mientras todos allí matan y mueren, aquí nos reunimos y hablamos y hacemos hermosos comunicados exigiendo «la vuelta» a la democracia que nunca existió y siempre que se trate de países que están en nuestra órbita, apoyaremos a los golpistas o a los golpeados, según nos vaya. A ver cuándo llega el día en que Bruselas o el gobierno de los EEUU exigen a los Emiratos Arabes, por ejemplo, no ya una democracia sino la elemental igualdad proclamada y bendecida en los Derechos Humanos.

La democracia no se impone desde la fuerza como no se impone la fe; a la democracia se llega paso a paso cuando nunca se ha tenido. Si algo hay que reconocer a las iglesias -incluida la Católica- es que desde hace tiempo sus misioneros se preocupan mucho más de salvar los cuerpos de la enfermedad y de la hambruna, de la esclavitud de la pobreza y del analfabetismo, que de salvar las almas. Por ahí hay que empezar, de eso se trata y hasta que eso no se consiga, será imposible el espectáculo de las urnas. Imposible o ficticio, que tan da.

Y con el mundo árabe nos encontramos dos problemas añadidos: su propia estructura tribal y por ahora irreconciliable, y la absoluta subordinación de una posible legislación a la religión que se ha hecho cada vez más fuerte y más extremista. ¿Qué hacer? Yo no tengo la respuesta pero sí descarto las dos que hasta ahora se han intentado: ni la guerra soluciona nada -al contrario- ni el buenismo de una alianza de civilizaciones es posible.

Imagino que habría que empezar desde abajo, vendiendo lápices y vacunas en lugar de armas y convenciendo a quienes mandan en esos países -y hay muchas formas de convencer sin vencer- de que es mejor invertir en escuelas y hospitales que en palacios horteras y programas nucleares. Y si hay que recurrir a no admitir cuentas millonarias de dictadores corruptos, pues habrá que hacerlo. La pregunta no es si los gobiernos están dispuestos a semejante cosa sino, más bien, si las multinacionales se deciden a colaborar, incluidas las que fabrican armas y las que guardan dinero teñido de sangre.

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