No te va a gustar – Guerra de tacones (lejanos)


MADRID, 19 (OTR/PRESS)

Me parece que ha sido, cómo no, la ingeniosa candidez de la delegada del Gobierno en Madrid, Cristina Cifuentes, la que ha hablado de una «guerra de tacones» por el poder político en España. Se refería Cifuentes -pienso que ella misma embarcada en su particular escaramuza para hacerse con la alcaldía de la capital, quizá contra la titular actual, Ana Botella–, claro está, a esa sorda lucha de influencias cerca del origen de todo poder, Rajoy, lucha protagonizada por la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría y la secretaria general del Partido Popular, María Dolores de Cospedal. Con la ex presidenta de la Comunidad madrileña, Esperanza Aguirre, como telón, cada día más distante, de fondo: ella ni aspira ya a otra cosa que no sea mantenerse como conciencia crítica de lo que no le gusta -que es mucho_ en su partido y en su Gobierno, ni la dejarían tampoco hacer algo diferente a lo que hace, que ya fastidia bastante a algunos.

Cierto: Rajoy, me parece que irremisiblemente abocado a hacer cambios en profundidad en su Gobierno y en su partido, se ha apoyado en dos mujeres y en cuatro hombres a la hora de realizar la mayor parte de los muchos cambios, con minúscula, que no han logrado ser «el Cambio», con mayúscula, en su año y medio largo de mandato. Pero la coexistencia entre Sáenz de Santamaría, que no se mete (demasiado) en cuestiones de partido, y Cospedal, que evita (algo) inmiscuirse en las cosas del Ejecutivo, parece ya imposible. La relación no funciona, y eso afecta a la tercera rueda del poder, el grupo parlamentario, dócil instrumento en manos del Ejecutivo, como no podía ser de otra forma. De los cuatro hombres en los que Rajoy colocó el peso de la marcha del Estado reformista, dos han fracasado ya irremisiblemente: el titular de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, no será nunca la alternativa al inquilino de La Moncloa -él mismo ha tenido que descartarse tras varias meteduras de pata–, y el vicesecretario general del partido, Javier Arenas, habrá de ser públicamente defenestrado por su cercanía a los manejos de Bárcenas (y compañía): ya jamás será ministro, como quiso, ni fuente de ministrables.

Así que Rajoy tendrá que decantarse, en la «guerra de tacones» que todos, por supuesto, desmienten oficialmente, entre SSS y MDdeC. Y no me cabe la menor duda de quién va a ganar en esta guerra de influencias: la vicepresidenta hace una labor constante, callada, generalmente bien aceptada, mientras que la secretaria general ha pisado demasiados callos, ha suscitado excesivas polémicas y acumula un poder inabarcable para una sola persona: no se puede dirigir con mano de hierro en guante de plomo un partido de más de setecientos mil militantes y una influencia sin precedentes y, al tiempo, tratar de controlar una Comunidad autónoma con más de dos millones y medio de habitantes, cinco provincias y un montón de problemas territoriales y políticos. De la misma manera que todos piensan que el presidente habrá de optar por dar el mayor poder económico a Montoro o a Luis de Guindos -la balanza se inclina a favor del segundo, me parece–, estando el primero, como está, enfrentado también al titular de Industria, Comercio y Turismo, Soria, y con no demasiada cercanía a otra ministra económica emergente, la titular de Empleo Fátima Báñez.

Supongo que, con Sáenz de Santamaría a la cabeza, Rajoy se va a rodear de un núcleo duro, potenciando, para lo que sea -porque, además de como posible comisario europeo, suena como candidato a la Junta andaluza_ a Miguel Arias Cañete; y a Guindos, a Báñez, a gentes como José Luis Ayllón o José Manuel García Margallo, a Esteban González Pons -a quien maniobras en la oscuridad dejaron sin el Ministerio que luego ocupó Ana Mato–. Y dejando caer, por excesivamente controvertidos, a la propia Mato o al titular de Educación, José Ignacio Wert. Al tiempo, rodeándose, en La Moncloa, de asesores menos polémicos de lo que son algunos de quienes le rodean.

Relativamente nuevas/viejas caras para sustituir a rostros antiguos; o que algo cambie para que todo siga sustancialmente igual… en la medida de lo posible. Porque la continuidad de muchas tesis, de algunas posiciones, va a ser tan difícil como la pervivencia en las mismas poltronas de algunos rostros, por más queridos que sean para Rajoy, por más promesas que les haya hecho de pervivencia. Con el otoño llega la crisis, por mucho que la fuente-de-todo-poder trate, siga tratando, de retrasarla. Los tacones de esta guerra, al fin y al cabo incruenta, no están, parece, tan lejanos.

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