Al margen – ¿De quién es Gibraltaar?


MADRID, 19 (OTR/PRESS)

Gibraltar es parte de España, y del Imperio Británico, y del mundo, pero como pertenecer, lo que se dice pertenecer, pertenece a quienes lo habitan, y ahí es donde algunos pinchan en hueso. No es que no nos quieran los gibraltareños, pues pocos son los que no tienen pareja, o familia, o negocios, o casa en territorio español, y menos los que no hablan nuestra lengua y los que no se han criado oyendo música andaluza, flamenco y copla, en la radio o de labios de los linenses que trabajan en el Peñón. Albert Hammond, llanito emérito, se crió así, y cuando se aburrió de su pop edulcorado, con el que empezó a triunfar en las matinales del Price de Madrid, dedicó en la madurez su mejor trabajo a la copla andaluza de la que mamó de chico. No es que no nos quieran, es que les gusta ser quienes son, ser como son y vivir a su aire, un poco «british» ciertamente, en esa mole rocosa en cuyas cuevas resistieron no se sabe cómo los últimos Neandertales.

Otra cosa es, sin duda, que la protección que le dispensa el Reino Unido, la antigua metrópoli y no tan antigua, distorsione su trato con España, que no hay razón alguna, independientemente de la bandera que ondee en su castillo moro, para que no sea de lo más amigable y fluida. Esa protección, y no el natural pacífico de los gibraltareños, es la que impele a La Roca a ser algo pirata, a pasarse a veces algunos pueblos y a dar bocados a la franja neutral, a la bahía o al mar abierto de levante directamente. En momentos como éste, de aguda debilidad política y económica del estado español, esa tutela del Reino Unido, que nos echó más de una mano para expulsar a Napoleón cuando llevaba más de un siglo disfrutando de la propiedad de La Roca por habérsela regalado el primer Borbón, inflama a Picardo, cuyo único talento político parece reducirse a provocar al «enemigo», cosa que al nacionalismo, a cualquier nacionalismo, procura, al parecer, alguna rentabilidad.

Para que Gibraltar sea de España no hacen falta las amenazas ni los órdagos falsos de ningún gobierno español en horas bajas y necesitado, también, de un enemigo exterior: lo es. También lo es, por mucho que nos fastidie, de Inglaterra. Y del mundo. Pero es la casa, propiedad por tanto, de los gibraltareños. Que Picardo retire los ominosos bloques de hormigón, y Fernández los «controles exhaustivos» de la frontera, y dejen a la gente en paz.

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