Rafael Martínez-Simancas – Molestos vecinos


MADRID, 20 (OTR/PRESS)

Cuando la música se confunde con el ruido entonces algo no va bien, que se lo digan a una pianista de Puigcerdá que ha sido demandada por su vecina que estaba harta de escuchar cómo tocaba el piano. La discusión ha llegado a los juzgados dónde la Fiscalía pide siete años de cárcel para la joven pianista. Nos podemos preguntar qué hubiera pasado si en lugar de tocar el piano que emitía sonidos por encima de los treinta decibelios hubiera sido batería de grupo heavy. El antecedente de músico multado por ensayar en casa fue un niño de siete años al que los municipales de Tarragona atizaron una multa de ochocientos euros por las quejas vecinales.

Todos admiramos a Mozart pero no nos hubiera gustado asistir a sus inicios infantiles en el piano; también queda acreditado que nada hay mas peligroso que la vecindad. Por ejemplo, los vecinos de Bárcenas en aquellos días de acoso permanente al portal, cada vez que regresaban con la bolsa del pan les grababan por si acaso; y si coincidían con ellos también aparecían en los planos de recurso como actores secundarios. Hay que reconocer que aguantaron varios meses sin presentar denuncia en el juzgado por estrés continuo y por tener que salir siempre hechos un pincel, ¡cualquiera se arriesgaba a tirar la basura en chándal con esa presión mediática al acecho!

Puede ser peor si eres vecino de político activo en vacaciones que no deja el móvil ni para bajar a la piscina porque se pasa el día metido en entrevistas y en declaraciones. Los políticos hablan dos veces: primero durante la entrevista y luego con su jefe para contarles lo que han dicho y recibir la reconfortante palmadita en la espalda. Tampoco nadie dice nada acerca de esos sufridos vecinos que participan de la vida política en calidad de secundarios obligados, ellos también merecen una recompensa por los daños causados tanto por la intensidad de los decibelios como por las chorradas que se ven obligados a escuchar sin poder entrar en el debate. Cuentan que al Ministro del Interior le han salido este verano unos vecinos de balneario muy respondones, se trata de un grupo de jubilados que le gritan a Fernández Díaz «¡ministro dimisión!» cada vez que se cruzan con él por los pasillos del balneario de Fitero en Navarra.

Demandar a una vecina por tocar el piano parece una desmesura pero hay que ponerse en la piel de la demandante que tuvo que coger una baja por estrés. Habría que escuchar a los vecinos de Bárcenas o a los de Belén Esteban, todos ellos sometidos a la presión de las cámaras veinticuatro horas al día. Un exceso, una calamidad, una exageración en colorines digna de una tesis sobre «Sálvame».

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