Charo Zarzalejos – Cifuentes y la zafiedad de algunos


MADRID, 22 (OTR/PRESS)

Si de algo estamos sobrados en España es de problemas: Bárcenas, Gibraltar, un PP inquieto, un PSOE con poco o ningún norte, dineros que UGT de Andalucía amaña para pagar pancartas, paro, etc… Todos ellos son susceptibles de muchas crónicas y reflexiones, de preocupación e inquietud, pero debo admitir que en las últimas horas ha habido algo que, además de ponerme mal cuerpo, ha indignado a muchos.

La delegada del Gobierno en Madrid, Cristina Cifuentes permanece ingresada en la UCI de La Paz después de un accidente que bien podría haberle costado la vida. Afortunadamente no ha sido así. Está en unas manos extraordinarias con el dato a favor de los médicos y de ella misma que es una mujer fuerte y luchadora. Quienes la conocemos sabemos de su vitalidad, de su discurso coherente –¿Quién no se equivoca cuando está expuesta al público?–, de su defensa a ultranza de los derechos de los ciudadanos y del respeto a la ley. Quienes la conocemos sabemos que se está dejando la piel y que no tiene más ambición que «acabar mi mandato sin equivocarme demasiado».

Es verdad –¡solo faltaba¡– que la clase política ha estado y está pendiente de su evolución. Gentes de su partido, del PSOE y muchos ciudadanos han hecho llegar de manera directa y personal su apoyo y aliento a su familia pero todo esto que es lo normal cuando una persona, sea cual sea su ideología o su responsabilidad política, es lo propio de un país civilizado, se ha visto empañado por auténticos alardes de zafiedad.

El cobijo de los zafios es, de manera prioritaria, el twitter. Algunos son perfectamente identificables, pero otros muchos se ocultan en el anonimato y en la ausencia de límites. Muchos son absolutamente deleznables que delatan no solo un extremado mal gusto, sino un sectarismo que asusta. Cuando murió Santiago Carrillo ocurrió algo parecido y en ambos casos nos descubren un sector de opinión pública formada por sujetos, en mi opinión, indeseables. La discrepancia, la critica, el desafecto no da derecho a todo y menos cuando la «víctima» es doblemente victima: víctima de una desgracia de la que solo los mal nacidos pueden alegrarse e incluso llegar a desear que su sufrimiento sea definitivo.

Nadie se merece que los demás se jacten de la desgracia de un compatriota y el ser un personaje público no da derecho a los demás a tratarle peor que a un animal. En ocasiones he lamentado mi decisión de no formar parte de esa gran plaza pública que es twitter, pero visto lo visto he optado por reafirmarme por vivir ajena a la muchedumbre. No seré yo quien desprecie el valor de las nuevas tecnologías. El twitter es utilizado también por personas bien dignas pero al final, son los indeseables quienes más se hacen oír.

Pero la zafiedad no acaba en la red. Resulta que en la tradicional protesta de médicos de La Paz que se celebra todos los jueves, ayer, un centenar de ellos pidieron, voz en grito, que la delegada del Gobierno abandonara ese hospital para irse a la sanidad privada. La reclamación de derechos, la crítica por las decisiones políticas adoptadas, la denuncia de carencias esta amparado por el estado de Derecho, pero el cariz de la protesta de ayer resulta bochornoso e impresentable. Cristina Cifuentes es una mujer, una española, una ciudadana que paga sus impuestos y los médicos que ayer pidieron que fuera expulsada de un hospital público, se lo tienen que hacer mirar porque lo que hicieron no es propio de quienes ostentan una de las profesiones más dignas de cuantas pueden existir. A muchos nos parece que esos médicos se han manifestado como pura chusma.

Cuando Cristina Cifuentes reciba el alta, la curiosidad_ella lo es_le llevará a enterarse de todo y, con toda seguridad, quitará hierro al asunto, pero el espectáculo es más que bochornoso. Y deprimente.

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