Andrés Aberasturi – Ay aquella UGT de Pablo Iglesias


MADRID, 26 (OTR/PRESS)

Entre lo que ya va del caso Bárcenas -y lo que aún queda del Gürtel-, lo que ya va del caso EREs -y lo que queda con sus por más de cien imputados- y lo que ya va del caso Nóos -y las incógnitas que aún quedan sobre la imputación final o no de la infanta Cristina- parecía que en la caja de Pandora no podía quedar nada. Pues quedaba. Y quedaba algo especialmente doloroso: el desvío sistemático de fondos destinados a ayudar a los trabajadores para gastos particulares de quienes deberían representar a esos trabajadores, defenderlos y protegerlos; esa es la única misión posible de un sindicato centenario que últimamente está llenando portadas sin que sus dirigentes hayan hecho otra cosa hasta ahora que apuntar al medio sin desmentir el mensaje.

Uno se pregunta a estas alturas si alguna vez desde hace años la UGT de Andalucía ha pagado sus gastos de forma legal y con dinero propio. Las cartas cruzadas exigiendo la organización sindical que se cambiaran los conceptos de las facturas para poder así cargarlas a fondos públicos, resultan patéticas, vergonzosas y -como decía- especialmente dolorosas por venir de quien venían y porque el dinero con el que al final se pagaban, era dinero destinado a cursos de formación, a mujeres en situaciones difíciles, a esa gente, en definitiva, que es la que luego acude a las llamadas del sindicato que, en un actuación de cinismo poco común, les convoca para protestar contra la corrupción de este Gobierno o los recortes salariales.

Pero ya no es sólo la UGT de Andalucía que, incomprensiblemente, aún sigue dar explicaciones de nada y sin dimitir en bloque; es que en las Baleares de nuevo salen las siglas de la Unión General de Trabajadores y esta vez en compañía de las de Comisiones y las patronales sospechosas de utilizar de forma sistemáticamente irregular fondos públicos nacionales y hasta de la Unión Europea que, harta de semejante situación, llegó incluso a bloquear 38 millones de euros y no levantó el veto hasta que el actual gobierno de la islas empezó a investigar lo que va a ser otro escándalo.

Recuerdo que en su momento escribí una columna que se titulaba «¿De qué se ríe Lanzas?» Porque el sindicalista de los EREs andaluces, el gran repartidor, aparecía en todas las imágenes especialmente divertido con la situación. Tal vez ahora se expliquen esas risas, ahora que se sabe o se empieza a saber que aquella UGT de Pablo Iglesias, ay, en Andalucía se dedicaba a gastarse en barras libres hasta el amanecer y tuneados de autobuses para manifestaciones lo que todos entregábamos para que los parados lo pasaran un poco menos mal, para que pudieran prepararse de cara a un futuro un poco mejor.

Lo que sorprende es que nadie dé la cara. ¿Con qué legitimidad moral pueden estos señores ahora protestar de nada contra nadie? ¿Cómo van a encabezar una manifestación por la transparencia cuando de los bolsillos se les caen facturas amañadas? ¿Es que nadie en la UGT tiene nada que decir? ¿Es que los militantes de base no tienen ya suficientes pruebas de que les han traicionado? ¿Es que los ciudadanos que pagamos nuestros impuestos parte de los cuales va a la protección de los parados no tenemos otros caminos que la indignación y el desprecio? Lo malo de España es que si este escándalo llega a los tribunales, serán nuestros hijos los que vean el desenlace.

Aún recuerdo alguna tarde con los acampados de SINTEL en la castellana compartiendo inquietudes y escuchando sus problemas. Ahora empiezan a cobrar algo y han pasado creo que trece años. Así no hay forma. Pero si la corrupción está incrustada en la política, los sindicatos y la patronal manejan facturas falsas y la Justicia tarda en solucionar problemas más de una década, el panorama no resulta demasiado alentador.

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