No te va a gustar – La recta final


MADRID, 26 (OTR/PRESS)

Todos aquellos más o menos bien informados cuyo augurio solicito creen que esta vez sí, que esta vez darán a Madrid esos Juegos Olímpicos que tanto anhelan los gestores oficiales, y que con tanto agrado, por lo demás, recibiríamos muchos. ¿Todos? La verdad es, desde luego, que estos JJ.OO de 2020 no son solamente para Madrid, sino para toda España. ¿Toda? También cabe preguntárselo. Pues eso: que lo que nos falta es el orgullo colectivo como país y la sensación de que esta es una sola nación, un Estado. Lamentable sería, desde luego, que solamente una parte de esta vieja piel de toro celebrase un acontecimiento deportivo que me parece que traería muchos más beneficios que desventajas. Como lamentable sería que un equipo gobernante se apropiara del éxito de las gestiones que nos den la victoria en la recta final, en estos últimos cien metros lisos frente a Tokio y Estambul.

Lo digo aún conmocionado por algunos pasajes veraniegos que he palpado y otros que me han narrado: es demasiado frecuente la anécdota de los jóvenes turistas catalanes -el que yo digo llevaba una «bandera estelada» en la mochila_que, preguntados por su nacionalidad, responden «catalán». «Es decir, español», respondió, con amabilidad, nuestra anfitriona francesa en un paraje idílico, pero apartado, de la Bretaña francesa. «No. Soy catalán; español, no», respondió, tajante, el joven, que, por lo demás, hablaba un español muy fluido y correcto con su novia, al parecer «charnega». Me han trasladado experiencias parecidas amigos que han viajado a muchas partes del mundo: turistas catalanes incluso, muchas veces, rehuyen hablar con otros «compatriotas» españoles. Y hace apenas unas horas viví en San Sebastián la experiencia de escuchar, en un bar del barrio viejo, a un cliente que decía al camarero no comprender el español, porque «solamente hablo euskera».

Digo todo esto cuando, dentro de unas horas, el Govern catalán se reúne para preparar algunos detalles de la Diada del próximo día 11, que se pretende que derive en una manifestación independentista de la que salga, inevitablemente, la convocatoria de la consulta soberanista. Y eso, la manifestación, ocurrirá apenas cuatro días después de que en Buenos Aires hayan confirmado a España, perdón, a Madrid, que nos han concedido -o no- la celebración de las Olimpiadas de 2020, un gran honor que debería servir para que esa cada día más leve sensación de que este es un gran país renazca algo.

Convencido de que lo de Artur Mas es de aurora boreal, seguro de que algún día descubriremos cuentas de la Generalitat que nos dejarán boquiabiertos y suponiendo que, algún día, una mayoría de catalanes percibirá la gran superchería de que están siendo objeto a cuenta de las soflamas independentistas, tengo al tiempo que lamentar que se haya dejado pasar un año, desde la Diada 2012, sin hacer nada. Ni desde el Gobierno central, ni desde las instituciones, ni, quizá, nosotros mismos, los comunicadores, ni nadie. Nada para salvar el abismo, nada para acercar posiciones negociando -aquí nunca se negocia: las cosas se imponen por el artículo treinta y tres o se cede todo con un mero encogimiento de hombros: no me extraña esa sensación de estar viviendo, con todas las diferencias que usted quiera, una nueva edición de 1898–.

Se ha hecho tal dejación del papel del Estado que cualquier joven que pasea la estelada por esos mundos de Dios puede decir con toda frescura que él no es español, sino catalán, y nadie se le ríe en las barbas. Mi única venganza ante el espectáculo es que la interlocutora bretona dio muestras inequívocas de no haber entendido nada. Más tarde, cuando, ya a solas, me comentó al respecto, le confesé que yo tampoco había entendido nada. Que llevo al menos un año -podría también decir, con Ortega, un siglo- sin entender nada. «Pero, en fin, parece que nos van a dar los Juegos Olímpicos», me consolé, sacando pecho. ¿A Madrid? No, a España.

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