Francisco Muro de Iscar – La mentira


MADRID, 29 (OTR/PRESS)

El escritor Jules Renard recomendaba: «di la verdad de vez en cuando para que te crean cuando mientes» y para Aristóteles, «el castigo del embustero es no ser creído aun cuando diga la verdad». Ninguno de los dos presenció lo que está pasando hoy, especialmente en la política, también en la cultura, en las redes sociales o en la ciencia, pero la mentira, que hoy está instalada en todas partes, forma parte consustancial de los hombres desde Adán y Eva. La diferencia entre casi todos nosotros y los mentirosos compulsivos -todavía no he hablado de los políticos, aunque lo parezca- es que éstos han hecho un máster y nosotros sólo aprendimos en la escuela.

Y aunque nos debería repugnar la mentira y deberíamos rechazar y excluir a los mentirosos, sobre todo, de las funciones de representación pública, nos hemos acostumbrado a convivir con ella, a tolerarla y hasta a premiarla. También es muy diferente la educación sajona de la católica y su rechazo a la mentira. Al menos hasta ahora. A Clinton le condenaron social y políticamente no por haber tenido relaciones sexuales con una becaria sino por mentir al Congreso. Ahora sabemos que la Agencia de Seguridad Norteamericana (NSA) ha espiado a cientos de miles de ciudadanos y a numerosas organizaciones internacionales no sólo sobre asuntos relacionados con el terrorismo sino incluso con patentes industriales y con información política y económica muy sensible. Orwell ya es una antigualla. Y el presidente Obama mira para otro lado que es una manera de mentir y de defraudar todas las expectativas de los que le eligieron para garantizar la democracia.

Aquí, entre nosotros, los políticos que no dicen la verdad -que son casi todos- se han autoconvencido de que no mienten. Simplemente disfrazan los hechos de acuerdo con sus intereses y son capaces de sostener hoy una cosa y mañana la contraria sin que se mueva un músculo de su cara. Lo hacen de manera parecida los que gobiernan, los que están temporalmente en la oposición y los que saben que nunca llegarán a tocar el poder. Vivir por, de y para la mentira, tiene un coste que no aparece en ningún libro de contabilidad pero acaba formando parte de los Presupuestos Generales del Estado. ¿Quién va a confiar, para invertir o para desarrollar un proyecto, en un país que está instalado en la mentira? Dice un proverbio judío que «con una mentira suele irse muy lejos… pero sin esperanzas de volver». A algunos, de momento, no les preocupa regresar a ningún sitio; simplemente tratan de agarrase al que detentan y que no se lo quite nadie. Incluso si se van se procuran un salvavidas que les proteja de las mentiras del pasado.

El poeta inglés Alexander Pope afirmaba que «el que dice una mentira no sabe la tarea que ha asumido porque estará obligado a inventar veinte más para sostener la certeza de esta primera». ¿Veinte sólo? Aquí algunos llevan doscientas, incluso ante el juez, y sonríen como si fuera la primera.

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