Luis Del Val – La generación sin sueños


MADRID, 29 (OTR/PRESS)

La generación de españoles que nació alrededor de los noventa del siglo pasado, ha sido la que ha experimentado el vértigo de la crisis convertido en realidad. Les habían dicho que si estudiaban y se preparaban, la sociedad les recompensaría con largueza, crecieron en medio de un confort material evidente, disfrutaron de una renta per cápita que ya no se ha vuelto a dar, y fue también la primera generación que, pasada largamente la mayoría de edad, seguía viviendo en casa de sus padres.

Se licenciaron y no encontraron trabajo, peor aún: aquél padre con un empleo importante fue despedido, y, en medio de ese doloroso descenso económico, fueron conviviendo con la evidencia de unas instituciones podridas, donde partidos políticos, sindicatos, o familiares no sanguíneos del Rey, aprovechaban la confianza que la sociedad había depositado en ellos para malversar fondos, estafar a los ciudadanos y prevaricar con todo descaro. Otrosí, la clase media, que es el cimiento de las sociedades democráticas occidentales, fue adelgazándose cada vez más y pasamos a una sociedad donde los ricos son más ricos que nunca y apenas hay un espacio intermedio para llegar a la pobreza. Lo último que esta generación ha contemplado ha sido el enorme esfuerzo endeudador que el país ha hecho por los bancos, sin que, hasta la fecha, los bancos hayan contribuido a hacer más fluidos los créditos.

Se está, pues larvando una generación con tanta falta de sueños como exceso de frustraciones, y las frustraciones conducen a las respuestas airadas y violentas. Como aquí los políticos están encerrados en sus juguetes electorales y no hay un estadista por ninguna parte, nadie prevé que la crisis económica puede que se mitigue, pero ya no va a servir para aplacar a una generación que, con razón o sin ella, se considera estafada, y que es carne de enganche de cualquier banderín que no tenga mucho que ver con la putrefacción generalizada.

Hay en estos momentos miles de jóvenes españoles que están esperando, sin ellos saberlo, que alguien les invite a soñar con una revolución del signo que sea. Porque es en las recesiones y en el desengaño colectivo donde tienen lugar los asaltos a los palacios de invierno y las noches de los cristales rotos.

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