Siete días trepidantes – No es solo una cuestión de portavoces.


MADRID, 31 (OTR/PRESS)

La verdad es que los portavoces del Partido Popular -como, cuando toca, los del PSOE_ no brillan precisamente con luz propia. Es difícil, claro, cuando ocurren cosas como la entrega de ordenadores desprovistos de disco duro al juez Pablo Ruz, que instruye el «caso Bárcenas»: ¿qué decir, qué explicaciones dar? Ninguna convincente, claro. A Carlos Floriano le toca siempre bailar con la más fea. Seguramente para eso está, pero, lo digo desde el aprecio personal, ya no convence a casi nadie ese tono de «y tú más» con el que él y otros, entre ellos la propia secretaria general del partido, tratan de disminuir culpas propias para destacar la paja en el ojo del rival político. Lo mismo podría decir de algunas intervenciones de los socialistas Oscar López y Elena Valenciano, y no digamos ya de algún vocero del socialismo andaluz cuando le toca hablar de los ERE, y vaya para ellos el mismo aprecio, porque en ningún caso pongo en cuestión su honradez y entrega personal. Es, simplemente, que lo que no puede ser, no puede ser, y hay que renovar las formas* y la forma de tratar al ciudadano, a quien, por lo visto, se considera un menor de edad o un mentecato.

Mal trago, desde ese punto de vista, el que tuvo que pasar la vicepresidenta Sáenz de Santamaría el viernes en la rueda de prensa tras el Consejo de Ministros. Salió del apuro de los ordenadores -sin-disco-duro diciendo que es que el PP funciona, en cuanto a destrucción de datos, como una empresa privada. Dios mío. Y, en otro orden de cosas, la «número dos» del Gobierno ni siquiera pudo decir, cuando la tormenta ha estallado en el Parlamento (que en Londres sí está abierto en esta época del año) y en el Ejecutivo británicos a cuenta del tema, cuál es la posición española respecto de la intervención que Obama prepara en Siria. Y eso que Sáenz de Santamaría es la persona mejor preparada de cuantas están a la vista para ocupar el puesto que ocupa, y suele salir airosa de todos los trances. Pero ocurre, ya digo, que aquí todo se deja para la voz autorizada y omnipotente de Mariano Rajoy. La única pega es que la voz presidencial se escucha muy pocas veces, quizá por seguir la filosofía de que en boca cerrada no entran moscas y de que, cada vez que dice una cosa, viene la realidad a puntualizarla.

En fin, podría seguir, en este resumen semanal, con algunas otras catástrofes políticas no bien explicadas por los portavoces oficiales u oficiosos. A ninguno le arriendo la ganancia cuando tenga que dar detalles de, por ejemplo, el presunto espionaje del PSC, utilizando a los, ejem, «espías» de Método 3, sobre la dirigente del PP catalán, Alicia Sánchez Camacho. O sobre las trapisondas de ciertos personajes de Convergencia i Unió, para las que Francesc Homs siempre encuentra la misma razón: la maldad de Madrid. O las de algunos sindicalistas en Andalucía a cuenta de los ERE, que tienen enmudecidos, pienso y espero que de vergüenza e ira, a los máximos dirigentes de UGT y de CC.OO.

Renovar a los portavoces es, claro está, un modo parabólico de decir que algo debe empezar a cambiar a fondo en un país en el que nada menos que la mujer que quería liderar el PSOE sale corriendo hacia el aeropuerto a la menor oportunidad laboral que encuentra, porque, explica, no le dejan tener iniciativas dentro de su grupo parlamentario. Cosa que, por cierto, desde ese grupo, tan presto a cargar la mano sobre el partido de enfrente a la menor oportunidad, ha merecido un silencio no sé yo si respetuoso o más bien culpable. Ya sé, ya sé que no estamos hablando solamente de portavoces, sino del fondo de asuntos que hacen enmudecer o balbucear a los portavoces. Es solamente, repito, que algo debe empezar a cambiar y mucho, como repetía el lamentablemente fallecido maestro Manuel Martín Ferrand, si nuestros representantes quieren recuperar algo de la confianza de sus representados, o sea, de nosotros, los ciudadanos.

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