La semana política que empieza – Lo que Rajoy no dijo en Soutomaior… pero dirá.


MADRID, 1 (OTR/PRESS)

Comprendo que puede ser un vaticinio arriesgado, pero tengo para mí que, esta vez sí, España, perdón, Madrid, puede tener «sus» Juegos Olímpicos en 2020. Existe un clima como de confianza lo suficientemente extendido, un apoyo nacional, aunque desde luego con algunas fisuras, y me parece que nuestro país se percibe ahora como una nación con francas posibilidades de recuperación económica y que «España 2020» no va a ser ese Estado descorazonado, desanimado, deprimido y empobrecido que es ahora. Me parece que, desde ese punto de vista, a una mayoría de ciudadanos le gustaría que, ya que lo de la «marca España» funciona poco, mal y tarde, la resolución del Comité Olímpico a favor de nuestro país iniciase ese camino hacia un gran final de la década que tan desastrosamente hemos iniciado.

Conste que comprendo esa ola de nacional-pesimismo que nos aturde. Y, una vez más, hay que constatar que los males morales del país son mucho más políticos que económicos, si es cierto que, como sugería Galbraith, la economía es un estado de espíritu. Por eso me decepcionó tanto Mariano Rajoy cuando, en el arranque oficioso del curso político en Soutomaior, este sábado, se refirió a las esperanzas de recuperación económica y, en política, nos prometió más de lo mismo, sin cambios ni correcciones de rumbo: curiosa manera de interpretar lo que dicen las encuestas sobre la clase política, en general, y sobre el PP y el Gobierno, en particular. El caso es que Rajoy está patentemente optimista, el descenso de la prima de riego -con un repunte por lo de Siria- y la no tan mala marcha de la Bolsa le tienen medio eufórico, suponiendo que en él quepa un tal estado de ánimo, y ve cómo los temidos periódicos anglosajones son ahora más condescendientes con la situación española que hace apenas tres, cuatro meses. Para colmo, me confiaba alguien próximo al Ejecutivo, las cifras de paro de agosto volverán a ser, como no podía ser de otro modo, bastante buenas.

Así que ¿por qué no completar el subidón con la seguridad, que también me transmitió una fuente gubernamental, de que esta vez la concesión de las Olimpiadas va a venir a parar a suelo patrio? Al fin y al cabo, los Juegos Olímpicos son mucho más que deporte: todo un país se vuelca en ellos. Sería una enorme decepción para el Gobierno de Rajoy -y para todos, o la mayoría, de nosotros, claro_ que el voto vaya a parar a Tokyo, lo que podría ocurrir, o, mucho más improbable, a Estambul, que no lo merece. No lo dijo, claro está, Rajoy en su muy autosatisfecho discurso de Soutomaior, pero si nos dan los Juegos, el Gobierno sacará más pecho que nadie para hablar de la «confianza» que ahora existe en España, etcétera. Tampoco dijo otras muchas cosas el presidente en su discurso campestre, ni las dirá si puede evitarlo; pero esto de los JJ.OO, sí que lo dirá, de una u otra manera, si los hados olímpicos y sus tortuosos caminos nos favorecen en Buenos Aires este sábado.

Y menos mal que la que creo imprevisible decisión del Comité se va a producir antes de que la locura de la «cadena humana» y de la Diada se extiendan, de la mano de Artur Mas y su círculo, en Cataluña. El poder institucional y político estarán en la capital argentina demostrando que España es toda una nación pujante y, cuatro días después, desde una autonomía, se va a lanzar un enorme desafío a la unidad del Estado: España entera apoyó los Juegos Olímpicos de Barcelona de una manera entusiasta; era toda una opción política, aunque aquellos eran años de inicial euforia. ¿Responderá igual Barcelona si las Olimpiadas le caen a Madrid? Continuará, vaya si continuará.

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