Antonio Casado – Suárez, en la memoria.


MADRID, 4 (OTR/PRESS)

Del libro «La España que soñé», de Fernando Alvarez de Miranda, primer presidente del Congreso alumbrado en el nuevo tiempo democrático (primavera de 1977), me quedo con una sugerente idea que considero muy relevante en la aproximación a los hechos que determinaron el tránsito de la dictadura franquista a la monarquía parlamentaria: las personas influyeron más que las instituciones. Afortunadamente, dadas las circunstancias, a mi manera de ver. Tanto en el terreno político como en el económico y el social.

Entre otras cosas, en este libro de aparición inmediata escribe Alvarez de Miranda, presidente de aquellas Cortes constituyentes (77-79), que «los Pactos de la Moncloa no se gestaron ni se discutieron en las Cortes, sino en el propio palacio presidencial. Entraban en el Congreso elaborados y cerrados, como algo absolutamente decidido. Y lo mismo ocurrió con todos los proyectos de estatutos pre-autonómicos, que llegaban cocinados a las Cortes».

Para una persona de convicciones liberales a la europea, como ya lo era a la sazón el autor del libro, se entiende el tono crítico de su diagnóstico. Es más, llega a personalizar en el entonces presidente del Gobierno una cierta aversión al control parlamentario. Incluso busca las rezones de ese talante en el empeño de Adolfo Suárez por evitar que la Cámara no reprobase su intención política de encajar al rey, don Juan Carlos, por la vía de la «instauración» y no de la «restauración».

El relato es correcto. Así fue. Afortunadamente, insisto, porque en la volátil situación de aquellos meses, de aquellos días, de aquellas horas (la reforma pactada, nada de «ruptura», ya saben), la entrada en el escenario de don Juan de Borbón hubiera causado males mayores. Todo el mundo sabe que la cuestión de la legitimidad dinástica sólo le importaba a unos cuantos juanistas, como el susodicho Alvarez de Miranda, y era absolutamente irrelevante frente al prioritario objetivo de Suárez, perfectamente conectado a los deseos de los españoles.

Está claro que la gran tarea era recuperar las libertades e implantar una democracia duradera. Nadie ignora y nadie ignoraba que la estirpe biográfica de don Juan Carlos y del propio Suárez era franquista. Por suerte. Eso explica no que ambos tuvieran comportamientos franquistas sino que era su procedencia franquista la que les habilitaba para abrir por dentro las puertas del régimen y permitir que una avalancha de demócratas cambiase el mobiliario institucional sin necesidad de una previa voladura del edificio.

Por tanto, una vez más, olé por Adolfo Suárez, que aparcó el problema dinástico, entre otros, y se tragó los sapos que le servían cada mañana los franquistas, por traidor, y los demócratas más impacientes, por franquista, como un precio personal que pagó a cambio de ir poniendo cimientos seguros para la recuperación de las libertades.

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