Fernando Jáuregui – También la ONCE es una referencia de la «marca España».


MADRID, 4 (OTR/PRESS)

Durante siete años trabajé en la división de comunicación de la Organización Nacional de Ciegos de España, la ONCE. Salí de allí con no demasiado buenas relaciones con la dirección entrante y con serias reticencias sobre algún aspecto del funcionamiento de esta institución tras haber estallado el «caso Gescartera», en el que apareció involucrada. Todo ello lo digo de antemano para que nadie piense que lo que sigue pueda ser una lisonja interesada o una loa oportunista, ahora que la ONCE ha sido galardonada, creo que muy merecidamente, con el premio Príncipe de Asturias a la concordia.

Como toda obra humana, la ONCE tiene aspectos polémicos. Una trayectoria de tres cuartos de siglo tiene siempre claroscuros, y he de reconocer que la Organización no siempre ha sabido hacerse simpática a la sociedad, ni explicar la conveniencia de ciertos «lobbies» ante los políticos en el poder. Pero, desde que un genio como Vicente Mosquete -fallecido muy prematuramente, en 1987, por una caída por el hueco de un ascensor que suscitó algunas reticencias- tomó las riendas a comienzos de los ochenta, la organización de los ciegos adquirió volúmenes e influencia impensables en los cuarenta años anteriores: de una organización de caridad nacida en el franquismo, pasó a transformarse en una de las primeras empresas del país, gracias a los beneficios del cupón.

Luego, el sucesor de Mosquete, Miguel Durán, estuvo a punto de dar al traste con los avances de imagen conseguidos, merced a una política de excesivo protagonismo y demasiadas «maniobras orquestales en la oscuridad», como algún dirigente «contestatario» de la época decía. José María Arroyo, un burgalés prudente que renunció a cualquier brillo, restableció la situación, convirtió a la ONCE en un emporio inmobiliario, fortaleció el juego del cupón y diversificó las actividades empresariales procurando orientar algunas de ellas en beneficio de otras discapacidades distintas a la ceguera. Los logros de la etapa actual, presidida por Miguel Carballeda, al menos en lo que a actividad en los pasillos del poder se refiere, están a la vista, y conste que lo que digo no tiene por qué ser necesariamente una crítica.

Mi permanencia en el mundo de los ciegos fue toda una experiencia laboral y humana. No hace falta ser un genio para comprender que, dentro de diez años, y eso si tenemos suerte, todos seremos algo más discapacitados que en la actualidad. En ese sentido, la actividad de la ONCE ha sido inmensa y yo diría que casi impagable, aunque no hayan faltado acusaciones contra el «egoísmo» de los ciegos, procedentes de otras organizaciones de discapacitados. Lo cierto es que las tensiones con estas otras organizaciones, con los gobiernos de turno -cuando se pretendió gravar los premios del cupón- e incluso las internas -hay una oposición organizada, muy débil, frente al partido que siempre ha gobernado, Unidad Progresista-, jamás han faltado.

Pero la ONCE ha proseguido su marcha, envidiada y copiada por los ciegos de no pocos países del mundo. Es cierto que la labor social de esta organización ha sido si no acaso modélica, sí muy eficaz. Forma parte, como tantas otras cosas buenas forjadas a lo largo de los años en nuestro país, de esa «marca España» no siempre bien gestionada desde los organismos oficiales ni por los responsables de este programa. Desde la lejanía, tantas veces crítica, enhorabuena a los jurados de los importantes premios Príncipe de Asturias (que también son una parte importante de la «marca España» verdadera): no siempre han acertado en sus veredictos. Esta vez, sí.

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